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Sábado 09 de mayo de 2026 - 01:00 AM

El palo no está para cucharas

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Colombia atraviesa uno de esos momentos de la historia en los que equivocarse cuesta demasiado. Por eso, la elección presidencial que viene no puede asumirse como un concurso de simpatías, ni como una competencia de marketing político, frases virales o emociones pasajeras.

Lo que está en juego no es solamente quién llega a la Casa de Nariño; lo que realmente decidimos es quién toma las riendas de un país golpeado, dividido y desgastado institucionalmente. Votamos por quien tendrá la responsabilidad de conducir a más de 50 millones de colombianos en medio de una crisis de seguridad, de salud, de confianza y de estabilidad económica.

Por eso preocupa que buena parte del debate público se esté moviendo más alrededor del espectáculo que de la capacidad real para gobernar. Colombia no necesita improvisaciones ni aventuras populistas. Necesita liderazgo, carácter, experiencia, preparación y honestidad.

Debemos tomarnos el tiempo para evaluar la trayectoria de quienes aspiran a dirigir el país; su formación, su capacidad de trabajo, su probidad y, sobre todo, su capacidad para construir gobernabilidad y tomar decisiones difíciles. Gobernar una nación no es hacer videos, posar para redes sociales ni vivir de consignas. Gobernar es resolver problemas.

Y problemas es justamente lo que hoy le sobra al país. Terminamos este periodo con el hijo del presidente imputado, un presidente del Senado preso, un presidente de la Cámara preso, dos exministros privados de la libertad, altos funcionarios investigados, otros sindicados y hasta prófugos. Un panorama que golpea la credibilidad institucional y que obliga a recuperar la confianza ciudadana en el Estado.

También urge restablecer la seguridad; devolverle la tranquilidad a las regiones y enfrentar con firmeza el deterioro del orden público. Hay que recuperar el sistema de salud para que vuelvan los medicamentos, los tratamientos y los procedimientos, especialmente para los más pobres, que dependen de que lo público funcione oportunamente para poder vivir con dignidad.

Se necesita además sanear las finanzas del Estado, reducir el tamaño de una burocracia cada vez más costosa e ineficiente, bajar impuestos y devolver competitividad a la economía. Y, por supuesto, hacer las obras de infraestructura que las regiones reclaman desde hace años para poder progresar.

Pero todo eso debe hacerse con transparencia y honestidad.

Por esas y muchas razones más es que debemos votar. Y por eso no podemos darnos el lujo de escoger desde la emoción y no desde la razón. Porque, como dicen los mayores, el palo no está para cucharas.

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