Cada 13 de mayo, cuando se celebra el Día de la Santandereanidad, vuelve a aparecer esa palabra tan usada como difícil de definir. Una expresión que a veces parece un orgullo compartido y otras, un refugio retórico donde caben nostalgias y lugares comunes.
Hace unos años me preguntaba qué es eso que llamamos “santandereanidad”. Y la conclusión no es sencilla porque Santander no es solo la tierra de la “berraquera”. También es escenario de profundas contradicciones: de la resiliencia y la resignación; de la valentía y del silencio cómplice; de la capacidad emprendedora y de la tolerancia histórica frente a ciertos clanes políticos.
Tal vez el error ha sido creer que la santandereanidad es una esencia inmutable, una especie de ADN cultural congelado en el tiempo. Pero la identidad de una región cambia con cada generación. Y quizá la verdadera pregunta no es qué hemos sido, sino qué queremos ser.
Santander está entrando en un momento decisivo. La discusión sobre la estrategia Visión Santander 2050, en el fondo es una conversación sobre identidad colectiva. Sobre el tipo de sociedad que queremos construir en las próximas décadas. Y ahí es donde la santandereanidad debe evolucionar.
Durante mucho tiempo nos acostumbramos a definirnos desde el temperamento: “frenteros”, “echados para adelante”, “sin pelos en la lengua”. Pero un territorio no se transforma solo con carácter. También necesita visión compartida, confianza institucional, capacidad de cooperación y ciudadanía activa.
Santander ha demostrado históricamente que muchas de sus conversaciones más importantes nacen desde la ciudadanía, los gremios, las universidades y las organizaciones sociales. Ahí hay una fortaleza enorme: una sociedad civil que, a pesar de sus fracturas, suele adelantarse a discusiones que el sector público evade.
Debemos asumir que la santandereanidad no puede seguir siendo excluyente ni parroquial. Durante años hemos tenido una relación ambigua con quienes llegan desde afuera: a veces admiramos su aporte y otras veces los miramos con sospecha. Pero los territorios más dinámicos del mundo son precisamente aquellos capaces de atraer talento, diversidad y nuevas formas de pensar sin perder su esencia.
Y nos compete recuperar la confianza en lo público. Ninguna visión regional a 2050 será viable si seguimos atrapados en ciclos de improvisación política, caudillismos y discontinuidad institucional.
La Visión Santander 2050 plantea metas ambiciosas: mejorar la calidad de vida, aumentar la competitividad, superar rezagos históricos y pensar la región desde sus capacidades reales. Pero esos objetivos no se alcanzarán únicamente con documentos técnicos, requieren una ciudadanía que entienda que el futuro también es una construcción cultural.
Quizá ser santandereano en el siglo XXI ya no consista únicamente en sentirse orgulloso de las hormigas culonas, sino en ser capaces de construir una región menos desigual, más educada, innovadora y consciente de su potencial.










