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Domingo 24 de mayo de 2026 - 01:00 AM

La indignación no es un argumento

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Admiro el muralismo. Admiro a quienes convierten un muro gris en conversación, a quienes hacen del espacio urbano un lienzo que comunica, emociona y construye identidad. El arte callejero legítimo no pide permiso con palabras, lo gana con talento. Esa tradición merece respeto. Lo que no merece respeto es destruir lo ajeno y llamarlo arte.

Hay una línea. No siempre es fácil de identificar, pero existe. La cruzan quienes intervienen una obra ajena para imponer su mensaje sobre el trabajo de otro. La cruzan quienes cubren con aerosol lo que alguien construyó durante años de oficio y dedicación. Pero también la cruzan quienes pintan la fachada de una vivienda privada convencidos de que su causa les otorga ese derecho. En Bucaramanga conocemos bien esa realidad. La Mujer de Pie Desnuda, del maestro Botero, ha sido vandalizada en repetidas ocasiones, casi siempre bajo el amparo de alguna causa considerada noble. Las hormigas de Espinosa también han tenido que soportar que ciertos “artistas indignados” borren, con pintura y arrogancia, su camino hacia Bucaramanga.

El argumento favorito de quienes justifican estas conductas suele ser el espacio público. “Es de todos”, dicen, mientras se lo apropian únicamente para ellos. Y ahí aparece una contradicción evidente. Precisamente porque el espacio público pertenece a todos, nadie debería tener el derecho unilateral de colonizarlo con su ideología. El bien común no puede convertirse en el botín del más audaz ni en el lienzo del más indignado. Una sociedad que tolera que cualquiera intervenga cualquier superficie bajo la excusa de la libre expresión no está siendo más libre. Está siendo más caótica.

Además, hay una diferencia enorme entre intervenir un espacio para generar reflexión y hacerlo para destruir o imponer. El verdadero arte urbano dialoga con la ciudad, con su arquitectura y con quienes la habitan. No necesita borrar lo ajeno para existir. Cuando la expresión se convierte en agresión contra el patrimonio público o privado, deja de ser una manifestación artística y se transforma en simple vandalismo disfrazado de activismo.

Y luego aparece la otra gran trampa: la de la causa justa. Hay quienes creen que un mensaje noble legitima cualquier método. Error. Una causa puede ser válida y el medio para comunicarla, profundamente equivocado. Peor aún cuando los mismos que defienden el derecho a protestar terminan avalando la destrucción de lo ajeno bajo el lenguaje de la libertad. Eso no es defender la expresión; es defender la impunidad.

¿Qué dice de una sociedad que confunde el derecho a expresarse con el derecho a imponerse? Que tiene un problema más profundo que los grafitis en sus muros. Que ha comenzado a creer que la indignación es argumento suficiente. Y no lo es.

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