A pesar de la guerra en Ucrania, de las tensiones con Donald Trump en el seno de la OTAN y de las lecciones que han dejado los aliados árabes de Washington en el conflicto contra Irán, la Unión Europea sigue vacilando cuando se trata de construir una verdadera soberanía en materia de defensa.
Así lo demuestra el fracaso del proyecto franco-alemán del avión de combate FCAS, liderado por el grupo francés Dassault y el consorcio aeroespacial Airbus, en el que también participaba la empresa española Indra.
El Futuro Sistema Aéreo de Combate (FCAS), valorado en unos 100.000 millones de euros, pretendía dotar a Europa de un caza de sexta generación que reemplazara, a partir de 2040, las actuales flotas de combate de Francia, Alemania y España. La iniciativa fue lanzada en 2017 por el presidente francés Emmanuel Macron y la entonces canciller alemana Angela Merkel, y recibió un nuevo impulso en mayo de 2025, cuando el canciller alemán Friedrich Merz ratificó junto a Macron su compromiso con el fortalecimiento de la seguridad y la defensa del continente. Sin embargo, el avión que debía convertirse en el símbolo de la cooperación estratégica europea nunca logró despegar.
Este fracaso no obedece únicamente a las diferencias entre Dassault y Airbus en torno a sus intereses comerciales globales, a los desacuerdos sobre la división del trabajo o a las disputas por la propiedad intelectual de los nuevos productos. También existieron divergencias político-militares. Mientras Francia buscaba un avión capaz de operar desde portaaviones, Alemania consideraba que esa capacidad no era una prioridad.
Aunque la cancelación del componente principal del programa representa un duro golpe para la cooperación europea en materia de defensa y para las aspiraciones de autonomía estratégica frente a Estados Unidos, algunos desarrollos continuarán adelante. Entre ellos figuran un sistema de drones y la denominada “nube de combate”, una red digital destinada a integrar y compartir información en tiempo real entre pilotos, plataformas terrestres y unidades navales, reduciendo así la “niebla de guerra” en el campo de batalla.
En todo caso, que el proyecto de construir un avión de combate europeo haya terminado estrellándose antes de despegar constituye una nueva evidencia de las dificultades de la Unión Europea para actuar como un actor geopolítico coherente. Sus divisiones internas la mantienen atrapada en una creciente irrelevancia estratégica, una situación que celebran los fabricantes de aviones de combate de Suecia, Estados Unidos, Rusia, Italia e incluso Turquía, cuyos productos siguen siendo indispensables para la defensa europea.












