A propósito del retiro espiritual del presidente Abelardo y sus ministros —algunos de los cuales guardan la doble condición de ser también ministros de Dios—, aprovechamos este día de posesión para invitarlos a leer uno de los capítulos más especiales de la Biblia. Tarea que facilitó el propio equipo del presidente, pues durante el retiro les fue entregada, en exclusiva, la primera edición de la Biblia Defensores de la Patria.
El capítulo 41 del Génesis cuenta que el Faraón tuvo dos sueños inquietantes en una misma noche. En el primero estaba de pie junto al Nilo cuando vio salir del agua siete vacas hermosas y gordas que se pusieron a pastar. Detrás de ellas salieron siete vacas feas y flacas que devoraron a las gordas sin engordar por ello. En el segundo vio crecer en un tallo siete espigas llenas y hermosas, y después siete delgadas y quemadas por el viento, que devoraron a las robustas.
Ni los sabios ni los magos lograron dejarlo conforme. Fue el copero quien recordó a José, ya famoso por interpretar sueños, y el Faraón mandó llamarlo. Sin dudarlo, José le dijo que los dos sueños eran, en realidad, uno solo. Las vacas gordas y las espigas robustas eran siete años de abundancia; las flacas y las quemadas, los siete años de hambruna que vendrían después.
El sueño describe nuestro potencial punto de inflexión. Colombia acaba de atravesar, aunque no lo creamos, su propio periodo de vacas gordas, conforme a nuestro tamaño y a nuestro lugar en la economía global. Crecimiento moderado, pero sostenido, inflación contenida y desempleo de un solo dígito. Un impulso a la demanda de bienes y servicios que elevó la confianza del consumidor. No es fácil reconocerlo, porque la política rara vez nos deja ver los datos.
Lo que José leyó en los sueños, los economistas lo llaman ciclo económico. A toda expansión le sigue, tarde o temprano, una contracción. Anticiparla exige un plan de parte de quienes prometen materializar la patria milagro. Y las variables que rodean los próximos cuatro años no son menores. Un sistema comercial convulsionado por las medidas de Estados Unidos, los múltiples conflictos globales y el reacomodo de las superpotencias.
Ojalá el presidente Abelardo y sus ministros —los de la República y los de Dios— comprendan que lo que salvó a Egipto en tiempos de José fue la planeación económica, las políticas contracíclicas, la activación del Estado para contener las vacas flacas y no solo la acertada interpretación de los sueños.
Los milagros económicos son mayoritariamente implementación de políticas y no mera providencia: dar continuidad a lo que funciona, corregir los errores, seguir por la senda de apoyo a quienes pueden ser los más vulnerables y nada de aventuras.











