Aquí, lo que hay es niebla y frío, montañas que tocan el cielo azul, nubes que dejan pasar el eterno sol que siempre en estas tierras es bienvenido. Se escuchan las quebradas que descienden del bello páramo, libres y llenas de trucha, animando la vida. A esta tierra buena no “cuesta sacarle el pan”, como lo demuestra el sabroso pan que sale fresco y caliente de las manos de Elsita, en el bello molino de California. Pan y alegría o pan y vino y queso. Siente uno amor por la vida, sueña, soñamos que vuelva ese heroico y triste señor, el Quijote, para que nos ayude a cumplir nuestra misión de “proteger la virtud” y luchar contra esa peste del desamor que ha ido poblando este mundo y estas tierras; que nos ayude a buscar la inteligencia para sacar adelante este pedazo de tierra que nos tocó para vivir y que está triste, abandonada y saqueada, robada.
Se ven cultivos cuyos colores en la montaña habrían maravillado a los impresionistas, hermosos colores que les sacan estos campesinos (palabra que ahora quieren eliminar, como alguna vez un ministro de Agricultura corrupto pretendió acabar con las gallinas y los huevos criollos), como quedaron maravillados los conquistadores que pisaron esta parte del mundo al ver crecer portentosos árboles, torrentosos y magníficos ríos, hermosos nevados, planicies eternas. Sintieron así esos españoles, cristianos viejos, la fuerza que traía esta parte conquistada, cuya violencia no cede después de tantos años. Guerreaban los indígenas y guerreamos todavía nosotros.
Esta tierra es buena y generosa, vital, que siembra trigo, papa, maíz, cebolla, mora, habas (las ricas habas), ovejas (las benditas ovejas) y miel; aquí brotan hermosos ruibarbos, los verdes berros, que aman el frío como lo amaron mi elegante abuelo y abuela, como lo amó mi madre, como lo amo yo, mis hijos. ¿Cómo no amarla si aquí brota la naturaleza con sus flores y “miracielos”? Son los campesinos los que cultivan y aman los trigales y los cultivos de mora, son ellos los que nos recuerdan al virginal Virgilio, que exaltaba la vida pastoril: “Es por vosotros que sembramos los campos”. Por ellos nos alimentamos, de ellos tenemos las fuerzas y el ánimo para seguir amando esta vida con alegría sincera.
Y qué decir de Mutiscua, donde vivió un alemán, don Adolfo, que llegó después de la Segunda Guerra Mundial y, como Bochica, renovó y enseñó a los campesinos a cultivar nuevas cosas. A esa alma solitaria algunas veces la ven agachada sobre el terreno, junto a su casa solitaria, donde murió. Lo que no han hecho los gobiernos: traer misiones para el campo, para la ciudad, y tener otra visión y herramientas para salir de esta mediocridad de líderes negociantes y carentes de iniciativa.
Ya están haciendo componendas y alistando las alforjas para las próximas elecciones. No sueñan con “proteger la virtud”, solo con robar más y más.












