¡Que viva la independencia! Pero que no sea únicamente la conmemoración de la gesta libertadora que dio origen a la República. Que sea también la independencia que Colombia aún tiene pendiente, la que libere al país de la corrupción que erosiona la confianza pública; del clientelismo que reemplaza el mérito; del amiguismo que desplaza la capacidad; de los privilegios que perpetúan la desigualdad y de la polarización que ha debilitado la unidad nacional. Si esa independencia comienza a hacerse realidad, entonces sí podrá darse el milagro de recuperar la confianza en sus instituciones, fortalecer la democracia y volver a creer que el servicio público existe para servir a los ciudadanos.
La historia recuerda el 7 de agosto de 1819 como la fecha que garantizó la independencia con la victoria en la batalla de Boyacá. En el 2026, el reto es romper con las prácticas que, durante años, han obstaculizado el progreso, desincentivado el esfuerzo y socavado la confianza en el Estado, tal como sucedió en el último cuatrienio. Por esto, es indispensable adoptar medidas que superen las actitudes que limitaron el avance institucional, afectaron la competitividad y dañaron la relación entre el sector público y la ciudadanía. Esta lucha demanda más acción y compromiso que palabras.
La independencia que Colombia necesita hoy es la consecuencia de recuperar la ética como fundamento del ejercicio público, fortalecer instituciones capaces de garantizar igualdad de oportunidades y consolidar un liderazgo que entienda que gobernar significa servir y no servirse del Estado, como ocurrió con el gobierno que termina. Ninguna transformación será sostenible mientras el interés particular continúe imponiéndose sobre el bienestar colectivo y la improvisación sustituya la estrategia emergente que demanda el futuro del país.
Es indispensable reconstruir la confianza ciudadana, porque ninguna democracia prospera cuando prevalecen el desencanto, la polarización y la resignación. El cambio exige que la ciudadanía recupere el valor de participar, vigilar y exigir resultados, al tiempo que quienes asuman responsabilidades públicas comprendan que la legitimidad se construye con transparencia, competencia y coherencia. Por eso, el progreso que Colombia y sus regiones, como Santander, merecen depende tanto de sus gobernantes como del compromiso de una sociedad que rechace la indiferencia y haga de la integridad una exigencia permanente en todos los niveles del poder.
Sobre esa base de confianza, participación ciudadana e integridad como principio rector de la vida pública, la conmemoración de la independencia adquiere sentido si se fundamenta en la decisión colectiva de conquistar la libertad frente a las prácticas que durante décadas limitaron el potencial del país. El milagro colombiano tiene una nueva posibilidad hoy con la posesión de un nuevo gobierno, de la mano de quien asume la Presidencia, junto con la ciudadanía resuelta a que prevalezcan el mérito derrotando el privilegio, la institucionalidad sobre los intereses particulares y la honestidad deje de ser una excepción para convertirse en la regla. Por eso, ¡que viva la independencia… y que se dé el milagro!











