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Sábado 20 de junio de 2026 - 01:00 AM

La casa que habla

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Indócil es la primera novela de la escritora colombiana Laura Ortiz Gómez, en la que una casona antigua en el barrio de San Telmo en Buenos Aires cobra voz como testigo y narradora. Publicada por Tusquets Editores en su primera edición, y ahora publicada en España por la editorial Barrett Ortiz, es una historia que cuestiona la farsa de la opulencia.

Una narración polifónica que entrelaza la Huelga de las Escobas de 1907, impulsada por mujeres y niños migrantes que se negaron a pagar altos alquileres y barrieron las calles como protesta, y una casa que no olvida y acumula la historia de los oprimidos que la han transitado. El relato hace de las escobas un elemento para barrer la codicia, el miedo y la prepotencia, y se mueve entre las voces de las trabajadoras domésticas, como las migrantes ucranianas Vira y Olena, y elementos sobrenaturales que cuestionan aquel miedo que colapsa las palabras que se hunden allá bien al fondo.

El libro introduce el realismo mágico al hacer que los muros de la casa cobijen los fantasmas y los huesos de los oprimidos, como el llanto de una niña tehuelche de 15 años fallecida en el museo de la plata en 1894, arrancada de su tierra. Como una justicia poética e histórica, la autora conecta estas luchas del pasado con problemáticas migratorias y de vivienda contemporáneas, pues aunque el relato está documentado en el anarquismo argentino de principios del siglo XX, dialoga directamente con problemáticas actuales.

La dificultad de acceder a una vivienda digna, el encarecimiento de los arriendos y el dilema de si un techo es un derecho humano o un simple negocio son los ecos contemporáneos que resuenan con fuerza. La casa funciona como una gran caja de resonancia donde las voces de inmigrantes, lavanderas, anarquistas y fantasmas se mezclan. Es el útero donde se gesta la dignidad colectiva.

La verdadera riqueza en la novela se traslada a los lazos invisibles, afectivos y mágicos que se gestan en la clandestinidad. La solidaridad de los migrantes que no comparten idioma, pero sí el dolor, y la complicidad de la casa con sus habitantes constituyen una forma de magia cotidiana. El «amor que infla» expande la realidad y llena de dignidad los espacios precarizados.

Mientras la fantasía del poder intenta mercantilizar la vida y congelar la jerarquía social, el realismo mágico de Laura Ortiz dinamita esa ilusión. Le devuelve el alma a la materia, dándole voz a la casa y a los muertos para demostrar que la dignidad humana y el derecho a un hogar no pueden ser comprados ni sometidos por el dinero.

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