En la historia de la arquitectura, ¿quién construyó todo lo demás? Existe una arquitectura anónima que ha escapado de las reseñas y el reconocimiento y que sin embargo ha dado forma a lugares habitables y bellos, lugares que han marcado nuestras vidas. Es la arquitectura vernácula, hija de los saberes tradicionales muchas veces transmitidos de maestro a aprendiz durante siglos, sin un título ni una firma, y cuya credencial es la calidad mantenida en el tiempo.
Esa arquitectura anónima se encuentra en todo lugar pero requiere afilar la mirada. Por poner un ejemplo a los lectores: el casco antiguo de Girón o cualquiera de los pueblos que aún hoy hunden sus raíces en la tradición colonial están llenos de ellos. Este legado viene de nuestra herencia española, que a su vez se nutrió de Roma, y todo ello llegó hasta nosotros de obra en obra, en un proceso que involucra al mestizaje, que también fue cultural.
De toda esa herencia quedan lecciones: valorar el patio, esa abertura en el corazón de la casa que busca al cielo, y que no es un lujo ni un capricho sino luz natural, un lugar en donde la vida doméstica respira, que trae lo exterior al interior y en el que incluso la lluvia se tiene dentro. A fuerza de modelos importados y de apartamentos que optimizan cada centímetro cuadrado vendible lo hemos abandonado como si fuera algo obsoleto —y ese error lo pagamos a diario anhelando casas por fuera de la ciudad.

Otra lección es la escala y la proporción. Los pueblos coloniales mantienen una relación armónica entre las partes de lo construido con las dimensiones del ser humano. Y las proporciones, a su vez, están mejor guardadas: el tamaño de la puerta y el ancho del muro, las alturas y anchos de las ventanas, desde las cuales “se podía hacer visita”, o el ancho del patio y la altura del corredor que lo rodea, una proporción que hace que el patio se sienta íntimo y no opresivo. Es el equilibrio y la armonía a fuerza de ojo sensible de maestro albañil y no necesariamente de escalímetro, render y autocad.
Los materiales completan la lección: madera, tierra pisada, barro cocido, cal, piedras burdas, toda materia que proviene de nuestra tierra y que sabe envejecer con dignidad —al contrario del vidrio reflectivo de grandes edificios en el cual se estrellan los pájaros, o del acero inoxidable para los pasamanos, que al rayo del sol son intocables.
La importancia de estos maestros olvidados no está en sus nombres, que no conocemos y probablemente no conoceremos nunca. Está en sus lecciones, que están ahí en pie y que como los libros, también pueden ser leídas, y a Dios gracias, aún pueden ser vividas










