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Sábado 04 de julio de 2026 - 01:00 AM

Millones de preocupaciones

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Hay declaraciones políticas que son absolutamente intrascendentes, pero la del senador Iván Cepeda no es una de ellas. La razón es porque viene de alguien que acaba de obtener más de doce millones de votos en las elecciones presidenciales colombianas. Eso no se puede ignorar ni restarle importancia. Eso se llama poder político real.

Cepeda anunció que emprenderá “el camino de la desobediencia civil pacífica” y les pidió a sus votantes que desconozcan la autoridad del presidente electo Abelardo de la Espriella. Los argumentos que esgrime son dos: que De la Espriella debería renunciar a su ciudadanía estadounidense antes de posesionarse, y que la DEA y la CIA deberían certificar que no fue agente colaborador de esas entidades. Todo ello, según Cepeda, haría que la posesión estuviera “viciada de ilegalidad e ilegitimidad”.

Hay que decirlo con toda claridad: eso es una vergüenza, por no llamarlo una imbecilidad. Y no una vergüenza menor, sino la clase de vergüenza que debería costarle credibilidad a cualquier figura pública que se precie de respetar las instituciones. Los requisitos para ser presidente de Colombia están en la Constitución y en la ley, y ninguno de los que Cepeda exige aparece allí. Ninguno. No hay norma constitucional que obligue a un candidato a renunciar a una ciudadanía extranjera. No hay ley que exija certificación de agencias de inteligencia estadounidenses para ejercer la presidencia de la República. Cepeda está inventando requisitos que no existen para desconocer un resultado que ya reconoció.

Y ahí está la otra parte del absurdo. El resultado electoral fue aceptado. La derrota fue asumida, al menos en apariencia. Salir después a llamar a la desobediencia civil sobre la base de argumentos jurídicos inexistentes es el más ridículo de los oportunismos y la mayor falta de respeto con su electorado.

La desobediencia civil es un concepto serio, con una historia seria. Está pensada para momentos extremos, para cuando el Estado abusa de manera flagrante del orden constitucional y la ciudadanía no tiene otro recurso. No es un instrumento para dar golpes de opinión cuando un candidato que uno apoyaba perdió unas elecciones limpias.

Colombia acaba de elegir presidente. Puede gustar o no gustar. Pero llegó por los votos, por las reglas y por la voluntad democrática de los colombianos. Desconocer eso con doce millones de seguidores es una irresponsabilidad histórica nunca antes vista, por lo menos en lo que mi memoria me permite.

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