La reciente polémica protagonizada por una presentadora de televisión que despreció la presencia de un colorido aficionado africano durante el Mundial de fútbol es una muestra de nuestra ignorancia. El hincha, conocido por levantar su brazo derecho en las tribunas, no estaba “haciendo brujería”. Rendía homenaje a Patrice Lumumba, el primer jefe de Gobierno de la República Democrática del Congo tras la independencia del dominio belga en 1960 y que pocos meses después fue brutalmente asesinado.
Ese episodio desnuda una ignorancia que va mucho más allá del fútbol. A los latinoamericanos nos han enseñado a mirar hacia Europa para explicar nuestros orígenes. Hablamos de España como la ‘madre patria’, pero rara vez nos detenemos a pensar que buena parte de quienes hoy somos también proviene de África.
Nuestra identidad nacional fue construida sobre una narrativa que exaltó la herencia europea mientras reducía la africana a unas pocas referencias folclóricas, ignorando que millones de personas llegaron a este continente arrancadas violentamente de sus territorios y que sus descendientes ayudaron a construir lo que hoy entendemos como Colombia.

La historia es mucho más rica de lo que solemos recordar. Durante los siglos XVI y XVII llegaron al territorio que hoy ocupa Colombia pueblos provenientes de Senegal, Malí, Guinea-Bisáu y Sierra Leona. Más adelante, el mayor flujo de personas esclavizadas procedió del antiguo Reino del Congo —hoy repartido entre Angola y la República Democrática del Congo—, así como de Ghana, Costa de Marfil, Nigeria y Benín. De allí llegaron pueblos bantúes, yorubas, akán, ashanti, mina e igbo, entre muchos otros, que terminaron conformando una de las mayores poblaciones afrodescendientes del continente. Esa realidad no puede seguir ocupando un lugar marginal en nuestro relato nacional.
Su legado está presente todos los días. La percusión que sostiene la cumbia, el mapalé y el currulao; la marimba de chonta que acompaña la música del Pacífico; el plátano, el ñame, la cocina con leche de coco y buena parte de las técnicas de fritura que identifican la gastronomía del Caribe colombiano tienen profundas raíces africanas. Incluso el idioma palenquero, hablado en San Basilio de Palenque, conserva estructuras gramaticales provenientes de las lenguas bantúes del Congo y constituye un patrimonio cultural único en el mundo.
A propósito, tampoco dimensionamos la importancia de los palenques. Cuando Benkos Biohó escapó de la esclavitud y organizó una comunidad libre en los Montes de María en 1691, lideró una resistencia contra el dominio colonial y sentó las bases del que sería el primer pueblo libre de América, una gesta con poco espacio en los textos escolares.
Que este Mundial nos recuerde que, cuando escuchemos nombres como Congo, Ghana, Senegal o Costa de Marfil, no pensemos solamente en un rival, sino en una parte esencial de nuestra propia memoria.










