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Sábado 04 de julio de 2026 - 01:00 AM

Tres verdades y un libro

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Las elecciones fueron el hervor de un caldo puesto al fogón hace décadas entre condimentos como ‘Petros’ y ‘Uribes’, guerrillas, paramilitares, paces y bombardeos, mesas abiertas y sillas vacías. Si retiramos la mirada de los que hacen el show y la bajamos aquí, sobre las familias y los amigos, ¿qué encontramos ahora? La pregunta busca una respuesta sociológica, no política.

Encontraremos un mar de desencuentros. Yo veo al menos tres rasgos poderosos: los silencios de ahora entre gente que se quiere; también la mirada del diferente como enemigo; y, además, la ridiculización de la moderación, que es una forma de despreciar la aproximación. Todo lo que basta para el fracaso de la convivencia.

Entonces retomé la lectura de una novela ambiciosa que había comenzado en el año 2024 (cuando fue lanzada), pero la pausé sin dejar de pensar en su poder. Escrita por David Uclés (1990), un español que es también dibujante y músico. Un suceso editorial lleno de elogios, pero no exento de críticas, como toda novedad. “La península de las casas vacías” (Editorial Siruela) mezcla la vida de una numerosa y acontecida familia rural, en una bucólica España de comienzos del siglo XX, con los sucesos de la guerra civil española, sin ambiciones de profundidad histórica, pero sí con una perspectiva sociológica, y escrita en clave narrativa de nuestro ‘realismo mágico’, pero más edulcorado y saturado. Su lectura es entretenida e ilustrativa; la recomiendo sin dudas para los que, más allá —quizás debe decirse «más acá»— de la exactitud, buscamos perspectiva y lecciones. Es una exaltación de la memoria, de lo que ella vale para evitar los estallidos.

Quizás, mientras despertamos a la realidad (sin importar de qué lado hayamos quedado), vayan suavizándose los silencios, desdibujándose los bandos enemigos y restaurándose la moderación. Pero sobrevivieron tres poderosas mentiras: una, que hay temas sobre los que no debemos hablar (y en realidad es que dejamos de escuchar); otra, que aquellos son enemigos, unos porque dizque abrigan a los malos, y los otros porque dizque son ignorantes poseídos por la manipulación de poderes ocultos; y, finalmente, que hay unos inútiles que no se afilian a ningún bando y estorban. Todo muy deshumanizante.

Las verdades son otras. Primero, el silencio es contrario a la democracia, que es pura controversia —incluso en las familias: suspender el habla jamás, máximo reducir la calidez, decía mi viejo—. Segundo, la etiqueta de ‘enemigo’ a quien piensa diferente o es distinto es la plataforma del fascismo —la gran antítesis de la democracia— y, tercero, la visión de la sociedad solo a través de bandos excluyentes es el camino más rápido al conflicto, justo lo que la democracia busca evitar.

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