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Sábado 04 de julio de 2026 - 01:00 AM

Riqueza no como ideología, sino como base del bienestar sostenible

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Las ideologías pueden inspirar gobiernos, pero son los resultados los que terminan marcando el rumbo. Hoy el mundo parece llegar a una conclusión cada vez más evidente: ningún Estado de bienestar puede sostenerse sin una economía capaz de generar la riqueza que lo financia.

Durante décadas se promovió la idea de que ampliar el Estado, aumentar el gasto público y elevar los impuestos era el camino hacia una sociedad más justa. Sin embargo, la experiencia demuestra que el bienestar no se construye únicamente distribuyendo recursos, sino creando las condiciones para producirlos. Sin crecimiento económico, incluso las políticas sociales más ambiciosas terminan enfrentando límites fiscales cada vez más difíciles de superar.

Suecia, un país que durante décadas fue considerado el gran referente de la socialdemocracia, entendió que, para garantizar servicios públicos de calidad, como la salud, la educación y las pensiones, necesitaba una economía fuerte y dinámica. Por eso fortaleció la iniciativa privada, impulsó la productividad y mejoró la eficiencia del gasto público.

Alemania también lo entendió y hoy enfrenta el reto de recuperar competitividad en medio de una economía cada vez más exigente y globalizada. La discusión dejó de centrarse en cuánto debe intervenir el gobierno para enfocarse en cómo crear un entorno favorable para producir más y mejor, con mayor inversión y capacidad de innovación.

Incluso China, gobernada por un régimen comunista, comprendió hace décadas que el crecimiento económico exige abrir espacio a la empresa privada, atraer inversión y estimular la producción. La ideología permanece, pero la realidad económica impone sus propias reglas con total claridad.

En América Latina también comienzan a verse señales de ese cambio. Perú, Ecuador y Colombia enfrentan un debate cada vez más intenso sobre la sostenibilidad de modelos en los que el Estado asume crecientes compromisos mientras la economía pierde dinamismo. La experiencia demuestra que ninguna política social puede sostenerse si la base productiva se debilita.

La clave está en crear oportunidades que permitan a las personas progresar y mejorar sus condiciones de vida. Cada empresa que nace genera empleo; cada empleo fortalece a una familia, y una economía que crece amplía la capacidad del Estado para financiar educación, salud, infraestructura y programas sociales de manera sostenible.

Colombia tiene hoy la oportunidad de recuperar la confianza y construir un propósito compartido alrededor del crecimiento económico. No porque sea un fin en sí mismo, sino porque es la condición indispensable para reducir la pobreza, abrir caminos de desarrollo y garantizar la sostenibilidad de las políticas públicas en el largo plazo.

La evidencia internacional es contundente: los países que han logrado combinar prosperidad y equidad entendieron que la riqueza no es el enemigo de la justicia social, sino la base que la hace posible y la única forma de sostenerla en el tiempo.

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