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Lunes 06 de julio de 2026 - 01:00 AM

El peor policía del mundo

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Vivimos en un país obsesionado con los héroes, que comete el crimen de no saber leer la comedia nacional; nos encanta esculpir próceres de mármol y aplaudir ficciones televisivas cuyos agentes de la ley son tipos rudos, incorruptibles y de mirada fija: una cursilería peligrosa. Por eso, cuando cae en las manos una obra como El peor policía del mundo, del villavicense Andrés Acosta Romero, el aire se limpia de tanta impostura. Acosta Romero, nacido en las entrañas del Meta en 1980, ha cometido el saludable atrevimiento de mirarnos al espejo sin anestesia, utilizando la única herramienta que el poder verdaderamente teme: el humor negro y la deconstrucción del mito.

El libro, publicado por Planeta, no es una apología a la ineficiencia, sino una radiografía exacta de nuestro aparato institucional. El protagonista, lejos de la brillantez deductiva de los detectives británicos o de la testosterona de Hollywood, es un monumento a la torpeza y a la desidia; un tipo que llegó al uniforme no por vocación, sino por descarte; un burócrata armado que navega el día a día entre el azar, el malentendido y la más absoluta mediocridad. Y ahí radica la genialidad de Acosta: al entregarnos un antihéroe tan lamentable, no hace más que retratar el ecosistema de una burocracia que todos los colombianos padecemos y conocemos de memoria. Aquí los grandes misterios no se resuelven con sofisticados análisis forenses; se resuelven porque el destino es caprichoso o porque los planetas se alinearon a favor del inepto.

Es refrescante encontrar una narrativa con pulso cinematográfico y ritmo periodístico que decida invertir las reglas del género policiaco tradicional. El “thriller” en Colombia suele ser predecible, pesado, casi moralina. Acosta Romero prefiere la agilidad del enredo y el diálogo punzante para hacernos reír de nuestra propia desgracia; una costumbre muy nuestra, por lo demás. Su mirada, forjada en el periodismo y el lenguaje audiovisual, prescinde de discursos solemnes para dejar que el absurdo de las situaciones hable por sí solo.

Al final, la novela de este llanero no hace más que confirmar que la realidad nacional supera siempre a la ficción, pero que la ficción es la única vía que nos queda para digerirla sin morir en el intento: aplaudir la solemnidad de las instituciones que fallan a diario es el verdadero crimen. El peor policía del mundo somos, en el fondo, todos los ciudadanos que seguimos esperando soluciones brillantes de un sistema diseñado para el equívoco. Una lectura obligatoria para quienes prefieren la honestidad de una buena sátira por encima del somnífero de los discursos oficiales.

Mensæ tegumentum. Ojalá los colombianos no desistieran de la camiseta amarilla. Ojalá ningún otro politiquero repitiera la “genialidad” de usarla como símbolo de campaña.

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