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Viernes 10 de julio de 2026 - 01:00 AM

De papas, tronos y cruces

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Pocos episodios de la historia altomedieval resultan tan tragicómicos, inquietantes y, a la vez, tan incómodos (en palabras de Nieves Concostrina) como el del papa Formoso, célebre por su turbulento pontificado y, especialmente, por el grotesco juicio al que fue sometido algunos meses después de morir.

¿Por qué inquieta? Porque expone hasta qué punto el poder podía (o puede) instrumentalizar el cuerpo —incluso el cuerpo sin vida— para ajustar sus cuentas mundanas. ¿Por qué incomoda? Porque es el recuerdo de un hecho difícil de aceptar: no siempre (o casi nunca, dicen sus enemigos acérrimos) la Iglesia se entrega a su tarea más importante, la de llevar el mensaje del Evangelio «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

Como algunos saben, la figura de Formoso quedó indeleblemente marcada por el llamado Concilio Cadavérico: una teatral y performática escena en la que el cadáver de Formoso fue exhumado, vestido con los ornamentos pontificios y obligado a sentarse en un trono para «responder» a acusaciones que, como era de esperar, servían más a la mera venganza que a la justicia.

Era la vieja damnatio memoriae romana, pero llevada al extremo: si el cuerpo del papa representaba también el cuerpo de la institución, profanarlo era borrar la legitimidad de todo lo que aquel pontificado había hecho, bendecido y consagrado. A Formoso, por eso, le cortaron los tres dedos con los que impartía bendiciones y después arrojaron el resto del cuerpo al Tíber, dejando con ese acto noticia de una vieja particularidad del poder: que le teme a la memoria y a las ideas tanto o más que a los individuos.

En particular, la desgracia de Formoso fue haberse alineado con la facción carolingia frente a la poderosa casa de Spoleto. Los primeros representaban el fruto ya decadente de la dinastía de Carlomagno, coronado emperador por León III en la Navidad del año 800. Los segundos eran una familia italiana ambiciosa y extraordinariamente poderosa, capaz, como se observa, de disputar la herencia política más codiciada de la Europa de entonces: la corona imperial.

Formoso se convirtió así en un emblema inolvidable de esa pugna entre poder espiritual y poder temporal que marcó el siglo IX. En apenas noventa años llegaron a sucederse veinticuatro papas y, durante un tramo de nueve años, hubo prácticamente un pontífice por año. La situación podía dar vértigo. La mayoría de los papas de entonces dejaban a sus familiares con la impresión de que, más que de viejos, se morían de «circunstancias»… un vino ligeramente adulterado, un resbalón por las escaleras, un malestar repentino tras una cena «especialmente» especiada.

Aunque rara vez ha estado libre de intrigas, luchas y convulsiones, la Iglesia (por ventura) ha conocido períodos más serenos. Y, sin embargo, once siglos después de Formoso, vuelve a encontrarse en medio de fuerzas que la exceden y que pretenden convertirla en aliada, árbitro o enemiga.

La nueva cartografía del poder, ciertamente, ya no es dibujada por las coronas, sino por las grandes potencias, los mercados y las plataformas tecnológicas. Y, pese a todo, la diferencia más importante puede ser otra. Al menos en sus grandes líneas, los pontificados de Francisco y de León XIV han optado por hacer lo contrario de lo que han hecho tantos otros papas.

En lugar de querer fundar su autoridad en una alianza con el poder político, Francisco y León han querido obtenerla gracias a la recuperación de lo que ven como el lenguaje propio del cristianismo: la dignidad de la persona, la paz, la misericordia, el cuidado de los pobres y la responsabilidad frente a la creación.

Francisco lo expresó en Laudato si’ al defender el cuidado de la casa común frente a la cultura del descarte; en Fratelli tutti al proponer la fraternidad universal frente a la lógica de los muros; y en Dilexit nos al recordar la centralidad del amor en un mundo dominado por el cálculo y la utilidad. León XIV, por su parte, ha situado desde el comienzo de su pontificado la paz, la unidad de la Iglesia, la justicia social y los desafíos éticos de la inteligencia artificial entre las prioridades de su ministerio.

Donde Esteban VI convirtió un cadáver en instrumento de propaganda; donde Alejandro VI confundió con frecuencia los intereses de la Iglesia con los de su propia casa; y donde Julio II llegó a empuñar las armas para defender los Estados Pontificios, Francisco y León parecen haber entendido una vieja paradoja: la autoridad moral de la Iglesia disminuye en la misma proporción en que aumenta su cercanía a los poderes mundanos y su distancia respecto de aquellos a quienes, en teoría, está llamada a servir.

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