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Sábado 18 de julio de 2026 - 01:00 AM

¿Quién debe colocar la banda presidencial?

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La elección de la mesa directiva del Congreso suele verse como un asunto de aritmética política. Esta vez no lo es. Quien presida el Senado tendrá en sus manos, además de conducir la agenda legislativa durante el primer año de gobierno, el más decisivo para cualquier administración, uno de los actos más simbólicos de la democracia: imponer la banda presidencial al nuevo jefe de Estado.

Por eso, la discusión sobre si quien debe presidir el Senado es Honorio Enríquez o Alfredo Deluque no debería resolverse únicamente con cálculos de gobernabilidad o cuotas de poder. Debería zanjarse bajo una de las banderas que llevaron a Abelardo de la Espriella a la Presidencia: la extrema coherencia.

Vale la pena preguntarse: ¿quién representa con mayor fidelidad las ideas por las que millones de colombianos votaron? ¿Quién fue oposición al gobierno Petro cuando hacerlo implicaba asumir costos políticos? ¿Quién se enfrentó a la llamada Paz Total, denunció la corrupción y defendió a las regiones frente al abandono del Gobierno nacional?

Es cierto que ni el Centro Democrático ni el Partido de la U respaldaron a Abelardo en la primera vuelta; ambos hicieron una apuesta distinta. Sin embargo, también es evidente que no todos llegan a esta nueva etapa con el mismo recorrido político ni con el mismo grado de afinidad con el proyecto que eligieron los colombianos.

Muchos ciudadanos votamos por un cambio de rumbo. No solo para reemplazar un mal gobierno, sino para cerrar un ciclo que dejó profundas heridas en la seguridad, la economía, la salud y la confianza institucional. Ese mandato también implica marcar la debida distancia con quienes respaldaron, facilitaron o guardaron silencio frente a decisiones que condujeron al país al actual desastre.

Naturalmente, todos entienden que comienza un nuevo tiempo y que nadie quiere enfrentarse al presidente electo. Pero gobernar exige algo más que acompañar al vencedor cuando la elección ya terminó; exige convicciones.

Mientras la derecha discute entre sí, los verdaderos enemigos observan con satisfacción una división que solo debilita las posibilidades de construir las mayorías que el país necesita. Y eso que el gobierno ni siquiera ha comenzado.

El Congreso del primer año será determinante para sacar adelante las reformas que reclama Colombia. Quien lo presida debe ofrecer experiencia, solvencia moral y, sobre todo, coherencia política. La banda presidencial debería ser impuesta por quien haya defendido ese proyecto por convicción y no por conveniencia. Ese sería, quizá, el primer gran mensaje del cambio que los colombianos eligieron.

Finalmente, un mensaje para el nuevo presidente y su entorno: Uribe y el Centro Democrático son aliados de una causa superior; trátenlos como tales. La elección ya terminó; ahora corresponde consolidar una mayoría que permita gobernar. Porque, al final, la culebra sigue viva.

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