Publicidad

Columnistas
Lunes 20 de julio de 2026 - 01:00 AM

Las olvidadas quebradas

Compartir

Las quebradas de Bucaramanga por encanto desaparecieron, se fueron por el agujero de la desidia y el cemento que fue avanzando. La que pudo ser una de las ciudades más bellas del mundo olvidó sus aguas, sus quebradas, sus lagunas (como la de San Mateo o la Laguna de los Caracoles, que también desaparecieron; que fue cubierta y maldita por un cura, donde “abrevaron” y se “sustentaron” los soldados de Alfinger). Allí está, esperando brotar sin aspavientos alguna vez para el placer de verla. También la plaza San Mateo, construida sobre la laguna, que se incendió una madrugada de 1979. Construida por el arquitecto George Carpentier (el mismo del Teatro Santander que nos honra), padre del escritor cubano Alejo Carpentier, espera pacientemente recuperar su belleza original y ayude así a darle una mejor estética al abandonado centro. Promesas de campaña. Quebradas que durante siglos trajeron el oro de Santurbán y lo regaron por la Meseta, donde ahora, en sus goteras, lo extraen.

Esta bella ciudad (ya sin quebradas), es bueno pasearla un domingo, ir a sus plazas de mercado, principalmente la plaza central, donde entre gritos y saludos se ve una ciudad que sobrevive por la vitalidad de su pueblo.

Disfrutemos de la ciudad y disfrutemos de sus plazas, donde se aprecia la variedad y riqueza de nuestra tierra, su agricultura y su gastronomía, con una gran variedad de platos como el pichón (no he comido), la sobrebarriga o la chanfaina. Pido un café en el mercado y, mientras las personas que van dan cuenta de una chanfaina y sobrebarriga (está de rechupete, dicen), pasan personas de todas las edades, las bellas mujeres que siguen celebrando el domingo con los adornos domingueros y campesinos con sombrero y recia mirada, buscando algo que el mercado les brinda. Van con su fuerza vital haciendo su compra en este “trópico exuberante y de mil colores y sabores que asombró y todavía asombra al resto del mundo”. Verduras diferentes y frescas con ese olor a campo que seduce, “tomates de todos los colores y tamaños, diferentes ajíes cuya variedad nunca deja de sorprender”. Yucas inmensas, aguacates, zanahorias, apio, papa “chispa”, hierbas que curan todo, tabacos y velas mágicas para recuperar el ser amado y sacarlo de los brazos de la otra. Maldiciones y oraciones se confunden. Hay canastos gigantescos que muestran la laboriosidad de nuestro pueblo, artesanías y sombreros tejidos ahí mismo, cucharas de palo indestructibles y, sobre todo, una multitud de gente auténtica que le madruga a la vida.

Todo es fuerza y vida, esa que mueve el mundo hacia la esperanza y trata de sacar a Colombia del odio.

La ciudad es la plaza y son sus parques y es su memoria, es su cielo, son sus montañas y sus olvidadas, para nuestra desgracia, quebradas que nutrieron la Meseta.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día