Hay momentos en los que la vida parece detenerse para obligar al ser humano a mirar aquello que normalmente evita. Ocurrió en casa de mamá. Una conversación tranquila sobre familiares y amigos ausentes terminó convirtiéndose en una revisión silenciosa de las despedidas que nunca llegaron. Entonces apareció un colibrí. Voló inquieto por la casa, buscando una salida, mientras quienes estaban allí intentaban ayudarlo. Cuando finalmente apagaron la luz, encontró el camino. El episodio duró apenas unos minutos, pero dejó una reflexión profunda: mientras unos hablaban de la muerte, aquel pequeño parecía recordarles que todavía estaban hablando desde la vida.
Los recuerdos trajeron nombres, rostros y escenas. El tío Mario, visto pocos días antes de morir, quedó asociado a un saludo que pudo haber ocurrido y no ocurrió. El tío Roberto, visitado pocos días antes de su partida, o la tía Chelita, presente durante años en aquellos domingos familiares que hoy pertenecen a la memoria, o la ida de la tía Belén. También quedaron pendientes palabras y encuentros con Martha Lenis. Cada historia revela una misma fragilidad: el ser humano suele actuar como si el tiempo estuviera garantizado. Se despide con un “después hablamos”, posterga una visita, guarda un abrazo para otra ocasión y supone que mañana será una extensión natural de hoy.
El mejor ejemplo fue la pandemia, que rompió esa ilusión. Enseñó que la existencia puede cambiar en cuestión de horas y que la normalidad, esa palabra que parecía permanente, puede desaparecer de un momento a otro. Pero también dejó otra enseñanza: vivir no puede reducirse a resistir. La resistencia es necesaria frente al dolor, pero una existencia dedicada únicamente a soportar termina olvidando aquello que hace que valga la pena continuar. Vivir intensamente es recuperar la capacidad de agradecer lo cotidiano, valorar las personas cercanas y comprender que un café compartido, una llamada, un abrazo o una conversación pueden convertirse mañana en los recuerdos más importantes.
Por eso, aquel colibrí puede interpretarse como una metáfora de la condición humana. Buscaba una salida, encontraba obstáculos y parecía desorientado; sin embargo, cuando cambió el entorno, encontró el camino. También las personas atraviesan momentos de oscuridad, pérdida y desconcierto. La diferencia está en no confundir la oscuridad con el final. La resiliencia consiste en seguir buscando una salida sin negar las heridas. No significa olvidar a quienes partieron, sino llevarlos de una manera distinta en los valores aprendidos, las historias contadas y en el amor que todavía puede entregarse a quienes permanecen.
El colibrí se marchó, pero dejó una certeza: todavía hay tiempo. Tiempo para llamar a quien se extraña, visitar a quien espera, abrazar sin motivo, pedir perdón, agradecer y decir aquello que tantas veces se posterga. También tiempo para que una sociedad resista aquello que no debería aceptar como la desesperanza. Vivir intensamente no significa vivir sin miedo; es impedir que el miedo decida cómo vivir. Quizá esa sea la enseñanza de aquella tarde: el tiempo no promete otra oportunidad; la oportunidad es ahora.












