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Viernes 04 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

Gatopardismo 2.0

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A comienzos de año advertíamos en este mismo espacio cómo la captura de Nicolás Maduro y el fugaz estallido sobre Caracas no representaban el fin del régimen, sino el inicio de una refinada mutación gatopardística para cambiar la superficie y que nada cambie en el fondo. El devenir de los hechos no solo se confirmó, sino que alcanzó una versión que podemos ir considerando como definitiva.

El tránsito de los meses despojó a la narrativa internacional de cualquier barniz ético. Lo que hoy atestiguamos en Venezuela no es una transición democrática, ni la restitución del Estado de derecho, ni el retorno de las libertades civiles, sino la consolidación de un pacto puramente extractivista: “el mayor acuerdo petrolero de la historia”, en palabras de Trump.

Desde el Pentágono nunca se buscó democratizar Miraflores, sino asegurar el flujo ininterrumpido de crudo hacia las refinerías del Golfo de México y abrir la posibilidad de atacar a Irán sin mayores consecuencias con respecto al precio y las cantidades. Algo que activaron un mes después de destronar a Maduro.

Los restos de la revolución bolivariana entendieron con rapidez la transición. La cúpula enquistada en el poder, otrora “antimperialista”, aceptó ceder la soberanía sobre sus yacimientos y renegociar contratos a cambio de una sola garantía, que es la impunidad institucional y la supervivencia política.

Mientras, por un lado, las licencias petroleras se firman y los buques levantan anclas para salir cargados hacia el norte. Por el otro, la oposición, que rezaba con devoción a la virgen de los mantuanos por la intervención, queda relegada al papel de espectadora en un tablero en el que la discusión gira en torno a las cuotas de producción de barriles al día y no a las elecciones “libres”.

En el siglo XIX, la aristocracia siciliana pactaba hasta donde fuera necesario para no perder sus tierras frente al nuevo Estado. Hoy, la élite del régimen pacta con la Casa Blanca para preservar el control territorial a cambio de hidrocarburos. La retórica antiimperialista se archivó en el mismo cajón donde descansan las promesas de apertura democrática.

Venezuela demuestra una vez más que, en la geopolítica contemporánea, los discursos sobre la libertad suelen terminar donde comienza la cotización del crudo. El país no cambió de rumbo, simplemente cambió de socio comercial prioritario. Al final, las estructuras de dominación siguen intactas y la ciudadanía continúa atrapada en la misma asfixia, confirmando que la distopía no era la guerra, sino esta rentable y perpetua normalidad.

Posdata: Muchos venezolanos celebraron la caída de Maduro y el triunfo de Abelardo en Colombia. Con el endurecimiento de la política nacional migratoria, quedaron como la canción de Facundo Cabral: “Ni soy de aquí ni soy de allá…” Lamentable.

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