En días pasados, la vida de Graciela Otero llegó a su fin. Tal hecho trajo a mi memoria a la generación de bumangueses que nació entre 1935 y finales de los años 40 del siglo XX, la que está en la edad dorada, esa cuyo arco de vida ha caminado a la par con la transformación de Bucaramanga, pues nacieron cuando su tierra natal era una villa de menos de 100.000 habitantes, pero que, merced a la pujanza de su gente, se transformó en una urbe que, desafortunadamente, en más de un sentido, es hoy azarosa y enredada.
Esa generación vivió su niñez en una pequeña ciudad de vida sosegada, ordenada, de certezas duraderas y ahora, cuando llega el crepúsculo de sus vidas, su lar nativo enfrenta un nuevo siglo, asimétrico, en el que priman la inmediatez, la urgencia, el apremio y la manipulación de las emociones.
Tal generación fue testigo de los inmensos cambios que permitieron a la apacible Bucaramanga de su niñez convertirse en un polo de la economía colombiana, debido al empuje de muchos y a los emprendimientos concebidos y edificados con perseverancia titánica durante los últimos 90 años.
Dicha generación vio cómo Bucaramanga dejó de tener como eje comercial y económico el entorno del parque García Rovira para crecer en todas las direcciones hasta copar la meseta y arañar los cerros orientales. ¿Cómo se logró? Por el milagro de emprendimientos audaces, y ellos fueron sumando hechos, experiencias, fracasos, aciertos, luchas a brazo partido, voces que pregonaron en el desierto y, pese a ello, lograron avances y aciertos, todo a cuentagotas, pero fue sumando. La ciudad, con base en la terquedad de sus emprendedores, logró tener universidades, aeropuerto, carreteras, hoteles, industrias, pujantes instituciones de salud, carreteras y actividad turística. Así, lo que era una pequeña villa es hoy una ciudad-región, si bien ha perdido lo más hermoso que ella tenía: la cordialidad de su gente, su civismo y fraternidad.
Día tras día, coterráneos nuestros de esa generación marchan hacia el valle de los ausentes. Ellos no saben lo que su ausencia nos duele a quienes aún quedamos en estos lares.
Hace pocos días, Gracielita Otero de Cadena, quien nació en el entrañable hogar de Gabriel Otero Muñoz y Manuelita Puyana Valderrama, miembros de gratas familias de aquella Bucaramanga añosa y apacible que añoramos, en la que las certezas eran duraderas, calladamente tomó camino hacia el más allá. A los suyos los aprecio desde tiempo ha, pues fraternales lazos fueron atados con las cuerdas que trenzaron los abuelos en la apacible Bucaramanga en que vivieron.











