Hay desconcierto. Pasamos frente a la política planetaria con disimulada desorientación: “¿esto está pasando de verdad?”. Líderes mundiales y políticos de los márgenes, abrazados a ideas radicales y populistas vociferadas en rocambolescos espectáculos. En el menos grotesco de los casos, como comerciantes desafían el orden jurídico internacional y se pasan por la faja la “lex mercatoria”; pero en sus más bizarras versiones, como líderes sedientos de superioridad, amenazan el equilibrio de la paz internacional y lesionan los derechos humanos. Los políticos en sus propios patios pisotean la ley (una aberración). Y los más poderosos se muestran ante los otros como piratas internacionales: invaden, extorsionan y someten al vecindario y también más allá del barrio: maltratadores en casa y matones en todo el pueblo.
Increíblemente, palabras como rocambolesco, radical, bizarro y desafiante las usamos ahora para hablar de política. Eran más útiles para hablar de revueltas universitarias, quizás, pero también de artistas modernos. Pues ahora todo se trastocó, se cambiaron los papeles con muy serias consecuencias.
En “El rugido de nuestro tiempo” (2025), el ensayista bogotano Carlos Granés (1975) da consistencia teórica a nuestro desconcierto. Más aún, recorre y explica la trama social de ese acontecimiento brutal: la política invadió la experimentación y el libertinaje que eran terreno del arte. El arte se volvió moralista, guardián de causas nobles (un fraude estético, creo yo). El artista gozaba de una especie de impunidad creativa para burlarse de las convenciones, provocar y explorar lo indecible. Al gobernante se le exigía responsabilidad, mesura y decoro institucional.
Ahora un melindre de utilidad social se apoderó del arte; a los artistas se les impone enarbolar una causa justa, representar alguna identidad, desigualdad o exclusión (territorial, racial, etc.). Premios, becas y exposiciones privilegian la virtud sobre el riesgo estético: una blasfemia a la creatividad. Granés cita a la dramaturga Angélica Liddell: “Yo quiero artistas irresponsables, a los locos, a personas que viven en desajuste con la sociedad, no artistas que piensan que tienen una misión en la sociedad”.
El problema no es la denuncia artística de lo que está dañado, sino que sea el arte el que tenga que perder su legendario desborde, su irrefrenable transgresión, mientras la política se apropia de la irresponsabilidad y del show como si los réditos electorales justificaran hacer experimentos improvisados y alborotar avisperos sociales. Si el artista ofende con el pincel o la tinta, las consecuencias son apenas simbólicas. Pero cuando un gobernante insulta, polariza y pisotea las instituciones y la dignidad humana, no produce símbolos sino víctimas. El arte sermoneador se autodestruye porque se vuelve aburrido y, en cambio, la política de espectáculo destruye la convivencia social.











