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Sábado 12 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

Cuando el cuerpo es monte y marea

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Adentrarse en Lo quieto se hace turbio (Tusquets, 2026), el debut en el cuento de la bogotana María José Ojeda, es una completa exaltación del entorno vivo y de las pulsiones salvajes. Al inicio de esta lectura, fue oportuno encontrarme con una frase de la escritora catalana Irene Solà sobre la fuerza indomable y coral de la naturaleza, donde los montes, las nubes y las bestias tienen voz propia.

A través de sus relatos, Ojeda propone ocho formas de simbiosis en donde las fronteras de lo humano se diluyen por completo. En un cuento, dos jóvenes enamorados intentan probar su masculinidad penetrando una roca mística. En otro, el deseo obsesivo de capturar la energía de los rayos desata una tormenta incontrolable. La antología avanza con un cuerpo de agua que cobra vida adoptando la forma frágil de una niña; un explorador afiebrado que es desbordado cuando el territorio se le filtra por los poros y otros textos que exploran plantas que alteran la conciencia, animales que actúan como espejos del alma, ríos que reclaman lo que les fue robado y piedras que guardan memorias ancestrales.

Quizá el capítulo más seductor del libro resida en su particular Kamasutra: un catálogo de la cópula animal —del piojo y el chinche hasta la hiena y el caballito de mar— cruzado por el reflejo de flehmen, donde lo humano reconoce su animalidad más honda. Resulta fascinante porque entrelaza el deseo con el comportamiento de diversas especies que trasciende las construcciones sociales y culturales del erotismo.

Los relatos de Ojeda funcionan como unos binoculares que permiten ver la tensión entre la quietud y el desborde. Lo que parecía inmóvil —un vínculo, una roca, un paisaje— termina por enturbiarse cuando el instinto, el amor o el cataclismo rozan almas y cuerpos. La autora explora esta fuerza a través de la maleza, retratándola como «una hierba que nace de la nada y brota donde ve la oportunidad», al tiempo que cuestiona expresiones tradicionales como «selva virgen». Así, propone una relación que nos recuerda que lo humano no es el centro del universo, sino una pieza pequeña y antigua dentro de un engranaje vivo, milenario y salvaje.

Lo quieto se hace turbio es una invitación a bajar el ruido de la ciudad para permitir que el cuerpo recupere su memoria silvestre. Al final, queda la extraña y hermosa certeza de que estar vivos es, antes que nada, un acto de asombro y desborde.

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