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Sábado 08 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Cambio de Gobierno, no de amo

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La toma de posesión del presidente de la República ante el Congreso en pleno, la imposición de la banda presidencial, las delegaciones internacionales, todo el simbolismo de un rito que se repite desde 1819, cuando Simón Bolívar asumió como primer presidente. Pero la ceremonia de transmisión del mando ya no es lo que era, si es que en algún momento lo fue.

Aunque duele decirlo, el mando sobre Colombia no lo tiene su pueblo y por ende, tampoco los elegidos por la ciudadanía. Estos actúan como meros administradores de un país que en teoría es independiente, pero que en la práctica, es una colonia de nuevo tipo cuyo verdadero dueño es Estados Unidos, contundente verdad que algunos sobrellevan con la negación.

Sería injusto decir que el saliente presidente Petro y el recién posesionado De La Espriella son iguales. Tienen diferencias, aunque ambos comparten que Colombia esté subordinada a Washington, cada uno con sus matices, los mismos que también tienen los partidos Demócrata y Republicano de EE. UU. en la manera de administrar el poder de la metrópoli y sus zonas de influencia. Veamos.

El petrismo se alinea con el Partido Demócrata y los organismos multilaterales como la ONU, la OEA, la CPI, la OTAN, entre otros. Buscó disimular la dominación de EE. UU. sobre Colombia con frases como “tenemos una relación de tú a tú” o cambiándole el nombre a los helicópteros Blackhawk por el de Guacamayas. En fin, darle un toque “progresista” al imperialismo.

Por su parte, el movimiento de De La Espriella se alinea con el Partido Republicano y con la política de Trump y Netanyahu, quienes buscan establecer, a sangre y fuego, una serie de contrapoderes al statu quo global para fortalecer el papel dominante de EE. UU. e Israel en el mundo. Mientras Petro optó por el engaño, Abelardo se inclina por el descaro. Saca pecho de su sumisión y con cada intervención le recuerda al país que quien manda de verdad en Colombia son los gringos, tal vez por eso se hizo ciudadano de ese país y le juró lealtad.

Más que un cambio de mando, hay un cambio en las facciones que administran la desigual relación entre EE. UU. y Colombia, la cual en lugar de cambiar, se profundizará. Seguirán el mal negocio del TLC, la pérdida de la soberanía energética, el aumento en los precios de los combustibles, las reformas tributarias con impuestos indirectos y en general, la destrucción de la producción y el trabajo de Colombia.

Para que esto no siga ocurriendo es necesario volver a independizarse, por segunda vez y de manera definitiva, ya no de los españoles, sino del nuevo poder que nos domina.

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