Septiembre es mes de feria en Bucaramanga, ciudad donde honramos el vallenato como si fuera nuestro. Este género musical se arraigó en nuestra región gracias a la migración de estudiantes del Cesar, La Guajira y Magdalena que llegaron a estudiar en los colegios y universidades.
De ese arraigo aprendimos a querer sus cuatro aires. Lisandro Meza evoca su origen en La contienda: “Del son hicieron el paseo, el merengue de la puya…”. La canción es precisamente una puya, el aire más rápido y exigente, donde todo es fiesta. Ese espíritu festivo se percibe en La zoológica que interpreta Diomedes Díaz, donde se fantasea con un perro tocando el piano, un gato en el violín y un ratón bailando con la hija del puercoespín, o en La fiesta de los pájaros de Alfredo Gutiérrez.
En el origen también está el son, el ritmo más lento y nostálgico. De este aire hace gala Alejo Durán en Fidelina y en Alicia adorada: “Como Dios en la tierra no tiene amigos, como no tiene amigos anda en el aire. Tanto le pido y le pido, ay hombe, siempre me manda mis males…”, que es tal vez uno de los vallenatos más tristes de la historia.
El paseo es el aire más popular y versátil. El cóndor legendario, interpretado por los Hermanos Zuleta, evoca el conflicto existencial de un juglar: “…Oye soledad, amiga del silencio, por qué no vienes y calmas mis penas que mi alma está llena de horribles tormentos…”. En otros también encontramos imágenes conmovedoras, como la interpretación del Binomio de Oro en El amor es más grande que yo y en Relicario de besos: “Tengo un corazón alegre como una fiesta de pueblo, pero si te vas mi negra… solo vestirá de duelo”.
El merengue tiene un compás alegre en el que los instrumentos repican con más velocidad. Así, Nativo del Valle de los Hermanos Zuleta nos ilustra sobre la tradición vallenata, y A mi papá de Diomedes Díaz rinde tributo a ese lazo filial. Una letra que me lleva al mío: el más noble y amoroso, con quien compartía el vallenato y quien me acercó a los caballos y sus andares.
En ambos mundos hay cuatro formas de avanzar con ritmo propio; cada andar emite su percusión sobre el entablado. La analogía no será precisa, pero quiero imaginar a la puya con el repiqueteo del paso fino, al son con la cadencia del trote y galope, al paseo con la trocha y galope y al merengue con la trocha pura. O, si lo pensamos por su carácter, el son también podría emparejarse con el paso fino... ¿Y usted, cómo los cruzaría?











