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Martes 22 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

El síndrome de la niebla

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Las ideas no son lo que nos divide. Es el humo espeso del fanatismo y del sectarismo: refugios cómodos donde se reciben aplausos colectivos y olvidamos el valor de mirar de frente al otro. Regresarán los debates de ciudad y una nueva oportunidad para dialogar, pero… ¿Y si lo que en realidad estamos haciendo es usar nuestra inteligencia como una defensa para proteger nuestros prejuicios, las ideas preconcebidas, en lugar de cuestionarlas?

“¡Qué extraño es vagar en la niebla!, en soledad piedras y sotos. No ve el árbol los otros árboles; cada uno está solo. Lleno estaba el mundo de amigos cuando aún mi cielo era hermoso. Al caer ahora la niebla, los ha borrado a todos. ¡Qué extraño es vagar en la niebla!; ningún hombre conoce al otro. Vida y soledad se confunden; cada uno está solo.” escribía el Nobel alemán Hermann Hesse.

Esa bruma artificial es el síntoma de una patología social que avanza en tres fases: la sordera, donde dejamos de escuchar para concentrar la mente en el contraataque; la testarudez, que endurece el dogma; y finalmente la mudez, donde el espacio común desaparece y quedamos incomunicados.

Este aislamiento colectivo es un secuestro biológico de nuestras emociones: ante la incertidumbre, ante el miedo y la necesidad de pertenencia, el cerebro activa la amígdala y segrega oxitocina tribal, priorizando la supervivencia y la lealtad de grupo por encima del juicio lógico. Se rompe el diálogo.

Llegan los sesgos. Aceptamos, validamos y valoramos la información que respalda lo que ya creemos, ahorramos energía apagando la escucha, descalificamos la información que contradice; buscamos la aprobación del grupo, priorizamos la lealtad colectiva por encima de la verdad, evitamos el riesgo de la exclusión y vivimos cualquier cuestionamiento interno como una auténtica traición.

Los datos se manipulan a conveniencia del deseo, convertimos la inteligencia en un defensor de nuestras fobias y fabricamos coartadas para justificar los prejuicios.

Construimos trincheras en la superioridad ilusoria y creemos que el nivel educativo o intelectual nos inmuniza contra el engaño o la manipulación. Paradójicamente racionalizamos nuestras propias falacias.

Finalmente, amurallamos nuestro intelecto. No hay autocrítica, duda, no hay bien común. La polarización enfermó el tejido democrático y el diálogo. La polarización, sordera, testarudez y mudez, enferma el cuerpo humano, atrapándolo en la supervivencia donde la salud se desgasta al mismo ritmo en que se apaga la empatía.

Entonces, defendamos la alegría como una trinchera frente al escándalo y la rutina, como un principio frente al pasmo y las pesadillas, como una bandera frente al rayo y la melancolía. Defendámosla como un destino frente al agobio, como una certeza frente al oportunismo, y como un inalienable derecho frente al invierno, al azar... y también de la alegría.

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