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Sábado 08 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Que gobierne, pero que no se nos olvide vigilarlo

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Hoy comienza una nueva etapa en la historia republicana y democrática de Colombia. Con la posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de la República termina la era de Gustavo Petro, cuatro años marcados por una paradoja difícil de explicar: la incertidumbre que le producía al país la certidumbre de que al Presidente nadie parecía poder persuadirlo de tener cordura cuando tomaba algunas de sus decisiones.

Fueron cuatro años atravesados por escándalos, algunos derivados de decisiones que parecieron perversas, otros de actuaciones negligentes y, en no pocos casos, de una combinación de ambas. Pero sería injusto hacer un balance exclusivamente desde la crítica. A Petro hay que reconocerle que durante su gobierno, sectores históricamente marginados accedieron a oportunidades, que ofreció nuevas miradas a lo que entendemos por “cultura” y que el enfoque social estuvo presente de manera permanente en su agenda, aunque algunas de sus ejecutorias hayan terminado produciendo efectos contraproducentes.

También hay que reconocerle algo que trasciende su propia administración: gracias a su llegada a la Presidencia, la izquierda colombiana, que durante buena parte de la historia republicana había conocido principalmente los rigores de la oposición, tuvo la oportunidad de experimentar directamente los desafíos del poder. Gobernar no consiste solamente en denunciar lo que está mal, sino en tomar decisiones, administrar recursos, responder por resultados y asumir las consecuencias de cada acto de gobierno.

El problema es que, en demasiadas ocasiones, la promesa del cambio terminó siendo apenas eso: Cambio de turno para saborear las mieles del poder y, en no pocos casos, para contaminarse con las mismas prácticas que durante años habían denunciado.

Con De la Espriella llega ahora un cambio de modelo. Dependiendo de quién lo cuente, podrá ser la renovación de la esperanza o el pasaporte directo hacia el infierno. No creo que sea ni lo uno ni lo otro. Esa es precisamente la clase de simplificación que suelen necesitar los atletas de la hipérbole para ganar visibilidad, pero de la que deberíamos alejarnos quienes pretendemos hacer opinión pública con alguna responsabilidad.

Como ocurrió con los gobiernos de las últimas décadas, desde Álvaro Uribe hasta hoy, esta columna intentará mantener la misma pretensión de distancia. Eso probablemente produzca menos lectores, menos viralidad y menos aplausos de las barras bravas de uno y otro lado. Pero prefiero la incomodidad de la ecuanimidad: reconocer lo bueno cuando lo haya y alertar sobre lo malo cuando aparezca. El solo acto de gobernar implica someterse al escrutinio público. Ningún presidente debería recibir un cheque en blanco.

Pero tampoco es democrático practicar el deporte de ponerle palos a las. Oponerse por sistema, torpedear por mezquindad o celebrar anticipadamente cada dificultad. Que gobierne para todos, y que nosotros hagamos nuestra parte: ni aduladores ni saboteadores, ciudadanos.

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