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Lunes 17 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Fiestas “bonitas”: sonidos ajenos, presupuestos propios

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Un pueblo que olvida su música termina cantando historias ajenas. En Colombia, ese olvido no ocurrió por casualidad ni por desgaste natural del tiempo; es una decisión burocrática con absoluta falta de criterio. Resulta desgarrador constatar cómo nos disolvemos en la amnesia colectiva mientras esa burocracia aplaude el saqueo de nuestra memoria. La música andina colombiana, que moldeó el pulso de nuestras montañas y dio cauce a la sensibilidad de generaciones, yace hoy sepultada bajo el peso del desinterés oficial. No estamos ante un fenómeno casual de evolución estética, sino ante las consecuencias deplorables de una ausencia deliberada de políticas culturales capaces de sostener lo que nos pertenece.

Las administraciones regionales —Santander a la cabeza y Bucaramanga como lamentable referente— han decidido asumir como propias manifestaciones ajenas que jamás vivieron un proceso genuino de sincretismo en este suelo. Se premia con presupuestos multimillonarios la estridencia de pasarelas foráneas, grupos de música norteña y festejos de consumo rápido, mientras el tiple y el requinto son relegados a la condición de estorbos folclóricos. A proyectos serios, a los artistas que dedican años a cultivar las raíces del territorio, se les reserva el margen, el desprecio o la limosna.

La grieta se profundiza desde las aulas: escuelas y colegios, llamados a ser trincheras de la identidad, terminaron convertidos en altavoces de rancheras y reguetón. El oído infantil crece anestesiado, despojado de la riqueza armónica del bambuco o la guabina, e ignorante de la música universal. Las emisoras de interés público, entre tanto, dimitieron de su responsabilidad y prefirieron sumarse al ruido dominante para no perder audiencia. Hay una renuncia sistemática a formar sensibilidad: impera la lógica mercantil más ordinaria.

Duele el alma al ver a cultores extraordinarios sometidos a la humillación de regalarse por centavos; trabajar por la región desde el arte propio se volvió una empresa suicida. Para sobrevivir, el músico local debe mendigar espacios en las esquinas de la programación oficial o aceptar pagos miserables que ni siquiera cubren el transporte: mientras tanto, los empresarios de la diversión ajena se llevan los fondos públicos en sacos llenos, avalados por dirigentes sin criterio que confunden la cultura con la tarima del jolgorio popular.

Nos estamos quedando sin raíces; cuando un pueblo olvida sus sonidos primigenios y adopta sin filtro el consumo masivo impagable, pierde la capacidad de mirarse al espejo. La angustia no es solo por el plato de comida que falta en la mesa del artista, sino por la devastación silenciosa de la patria chica.

Si la gestión cultural sigue reducida a la contratación del espectáculo chabacano, pronto no quedará nada que defender, salvo el eco distante de un país que prefirió cantar lo ajeno mientras dejaba morir su propia alma.

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