La ciudad “competitiva”, como la llaman, vive una situación que la hace inviable. Despreciada por sus autoridades y gremios, que no le hablan a su realidad y viven entre reuniones y conferencias que, en el fondo, no resuelven nada de nada.
No hay acá un servicio público eficiente de transporte para una población que este año está calculada en 618.548 habitantes. Circulan, según los datos, un millón de vehículos (“aproximadamente 950.000 a un millón de unidades entre carros, motos y otros automotores”), con un crecimiento acelerado impulsado por “miles de matrículas nuevas registradas”. El 68 % de esos vehículos corresponde a motocicletas. En Santander, la cifra asciende a 842.970, “con un ritmo de registro de unas siete matrículas por hora”. Ya forman, desde hace rato, parte del paisaje urbano, y ningún alcalde ha hablado seriamente de las posibles soluciones al transporte público.
Si seguimos mirando los graves problemas de la ciudad, que son múltiples, encontramos 1.340 personas en situación de calle, según el registro de la Alcaldía de Bucaramanga. Por otro lado, la realidad oscila entre 1.900 y 3.000 personas botadas en la calle, durmiendo en los separadores de las avenidas y haciendo sus necesidades en las aceras y en medio de las basuras, otro grave problema que nos aqueja.
Vayan a recorrer la ciudad y verá los montones de basuras acumuladas, sobre todo durante los largos fines de semana, y todo porque la ciudad “competitiva” carece de políticas públicas que implementen una nueva cultura ciudadana. El centro de la ciudad, los fines de semana y durante las noches, está completamente abandonado. Nadie responde, todos miramos para otro lado y no enfrentamos esa desidia y ese desprecio.
Una ciudad donde es difícil caminar, insegura y sucia, y donde se sabe que, en los primeros cuatro meses de 2026, según el Observatorio de Seguridad de Bucaramanga, se reportaron 1.600 robos a personas, lo que equivale a un promedio de 13 víctimas diarias.
Una ciudad se considera que tiene buena calidad de vida “cuando ofrece seguridad, calles sin violencia y baja criminalidad”, un sistema de salud preventivo, aire limpio, siembra permanente de árboles y creación de parques (aquí son parquecitos). Con aire limpio bajan los niveles de estrés, que aquí están elevados siempre porque la ciudad vive en un perpetuo trancón.
El desprecio a la ciudad que nos ayudó a crecer es total. Hipócritamente, se rasgan las vestiduras diciéndonos “que ahora sí la vamos a salvar, que ahora sí será nuevamente una ciudad donde florecerá la poesía, el avistamiento de aves, sin ruido y feliz”. Educada. La realidad es otra: es triste y sucia, despreciada.











