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Lunes 24 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Gilead con sombrero vueltiao

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En la República de Gilead, la teocracia totalitaria que Margaret Atwood imaginó en “El cuento de la criada”, el horror no comenzó con un estallido repentino, sino con el aplauso entusiasta de quienes buscaban orden frente al caos. Bastó que una masa asustada cediera sus libertades a cambio de la promesa de un orden moral inquebrantable y una mano dura implacable contra los depravados de turno. La ironía de las distopías es que nunca inventan nada; solo reordenan lo que una sociedad ya está dispuesta a tolerar en nombre del patriotismo.

Guardadas las proporciones geográficas y remplazando las Biblias de Gilead por discursos cantinflescos en redes sociales, el nuevo gobierno que se está estrenando en Colombia despierta un eco escalofriante con la obra de Atwood. No es necesario imaginar túnicas rojas ni cofias blancas recorriendo la Avenida Jiménez para entender la analogía: la esencia de Gilead radica en la sustitución de la Constitución por la doctrina moral de unos pocos y la degradación de los derechos humanos al estatus de simple “estorbo burocrático”.

Las señales del nuevo mandato ya están servidas. Un programa que abraza abiertamente el aislamiento internacional mediante el retiro de organismos como la CIDH o la ONU recuerda peligrosamente a la Gilead que cerró sus fronteras para ejecutar sus atrocidades lejos de miradas incómodas. A esto se suma el entusiasmo por erigir megacárceles y redefinir la seguridad nacional desde la sospecha permanente y el control punitivo. En el universo “atwoodiano”, el estatus social y la integridad física dependen de la sumisión al régimen; en el proyecto de la “mano dura”, el ciudadano promedio pasa a ser un sospechoso en libertad condicional cuya única garantía de protección es el silencio disciplinado.

El reduccionismo moral que encarnan tanto la ficción como la retórica del incipiente mandatario apela al mismo instinto primario: la nostalgia por un pasado mítico de pulcritud, patria y disciplina que jamás existió. Atwood insistía en que en Gilead las mujeres no perdieron sus derechos por un golpe militar de la noche a la mañana, sino mediante decretos graduales que congelaron sus cuentas y cercenaron su autonomía mientras la mayoría miraba hacia otro lado, aliviada porque al fin “alguien pondría orden”.

Colombia no necesita un comandante para restablecer la fe ni un mesías de sastrería italiana para disciplinar la sociedad. El riesgo de flirtear con el autoritarismo moralizador es que la jaula, una vez construida, no distingue entre quienes la aplaudieron y quienes la padecieron. En el fondo, “El cuento de la criada” jamás fue una advertencia sobre el futuro, sino un espejo del presente; y hoy, el reflejo que proyecta la política nacional viste uniforme de gala y promete la salvación a costa de nuestra libertad.

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