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Miércoles 02 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

Ulibro y su huella

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Una feria del libro que crece, que convoca cada vez a más personas y que logra expandirse en conversaciones, escenarios y experiencias es mucho más que un acontecimiento exitoso en la agenda cultural de una ciudad. Es un indicador de que algo está pasando en la comunidad. Es la evidencia de una avidez que quizá no siempre sabemos nombrar: la de niños, jóvenes y adultos que buscan espacios para encontrarse, para preguntar, para escuchar, para descubrir y dejarse sorprender.

En ese sentido, el crecimiento de Ulibro habla de una comunidad que sigue encontrando en la cultura un territorio posible. Un lugar seguro para ejercer la curiosidad, esa fuerza que impulsa a recorrer los pasillos de una feria, detenerse ante un libro desconocido, escuchar a un escritor, seguir una conversación, dejarse llevar por la música o compartir alrededor de la gastronomía. La feria se convierte así en una experiencia de descubrimiento colectivo, donde cada asistente encuentra su propia puerta de entrada.

Esta edición trae como consigna “Habitar lo salvaje”, dos palabras que van mucho más allá de su significado. Bien lo dijo Yolanda Reyes en sus palabras de inauguración: “incorporar lo salvaje, reconocerlo e integrarlo al ámbito de la experiencia sensible, supone escudriñar lo que se esconde entre una palabra y otra”. En una región caracterizada históricamente por su temperamento indomable, su tesón y su imponente geografía, Ulibro nos recuerda que la cultura también necesita espacios para lo inesperado, para la pregunta y para aquello que todavía no sabemos.

Esta podría ser una de las razones de su creciente capacidad de convocatoria. En medio de jornadas atravesadas por la prisa, las pantallas y el consumo acelerado de información, una feria propone algo distinto: detenerse. Recorrer. Escuchar. Conversar. Elegir un libro sin que un algoritmo haya decidido previamente qué deberíamos mirar. La curiosidad se convierte entonces en el motor de una experiencia que no ocurre en soledad, sino entre otros.

La verdadera huella que deja este acontecimiento trasciende los límites físicos de los auditorios y las salas editoriales. Su impacto se siembra en las aulas escolares, en las bibliotecas de los barrios, en los hogares y, sobre todo, en la experiencia de quienes descubren que la cultura puede ser también un lugar de encuentro. Como bien explicaba Reyes al describir este puente íntimo de la creación, “quien escribe, quien hace arte, escudriña en esas capas, para repoblar el lenguaje con sus huellas, y el que lee sigue esas mismas huellas”.

Cuando Ulibro cierra sus puertas, la experiencia no termina. Lo digo con conocimiento de causa. Permanece en los libros que viajan a casa, en las conversaciones que continúan, en las preguntas que quedan abiertas y en la memoria de quienes descubrieron, aunque fuera por un instante, que todavía existen lugares donde la curiosidad es bienvenida y donde la cultura puede reunirnos alrededor de aquello que nos hace profundamente humanos.

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