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Miércoles 02 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

El futuro de la educación y la IA

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Con el auge de la inteligencia artificial, los colegios y universidades se han enfrentado a un dilema importante: ¿para qué seguir estudiando si esta tecnología redacta un ensayo, resuelve una ecuación, resume un libro y explica un concepto en segundos? Estamos haciendo la pregunta equivocada.

La inteligencia artificial puede producir respuestas; sin embargo, no puede construir el criterio con el que decidimos si esas respuestas son coherentes, negociar con alguien que piensa distinto, sostener una conversación difícil, errar y aprender, trabajar en equipo o descubrir qué pensamos realmente sobre un problema. Y esta es una razón poderosa para seguir necesitando la escuela.

Un estudio elaborado por investigadores de Carnegie Mellon y Microsoft Research, publicado en 2025, analizó a 319 trabajadores del conocimiento y 936 experiencias de uso de inteligencia artificial. Uno de sus hallazgos radicó en que una mayor confianza en la IA estaba relacionada con un mejor esfuerzo de pensamiento crítico.

El problema no es que la máquina haga el trabajo, sino qué capacidades dejamos de ejercitar cuando permitimos que lo haga por nosotros. La evidencia educativa apunta en una dirección similar. En PISA 2022, la OCDE evaluó por primera vez el pensamiento creativo de estudiantes de 15 años y lo definió como la capacidad de generar, evaluar y mejorar ideas originales y diversas. La conclusión es significativa: la creatividad no es un adorno de la educación, sino una competencia que permite aprender, resolver problemas y adaptarse a un mundo cambiante.

El mercado laboral está enviando el mismo mensaje. El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial señala que el pensamiento analítico sigue siendo la competencia central más demandada: el 69 % de los empleadores la considera esencial. La inteligencia artificial y el big data también crecen rápidamente, pero no sustituyen esas capacidades humanas; las complementan.

Quizás la escuela tenga que cambiar, pero no desaparecer. Si una máquina puede memorizar más, calcular más rápido y redactar mejor que nosotros, la educación tendrá que dedicar todavía más tiempo a aquello que nos hace humanos: argumentar, escuchar, crear, preguntar, colaborar, negociar, discernir y tomar decisiones.

Nuestro desafío no es competir con la inteligencia artificial para producir respuestas, sino formar personas capaces de preguntarle a una máquina si su respuesta merece ser creída. Y, sobre todo, capaces de saber qué hacer con ella.

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