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Columnistas
Viernes 16 de octubre de 2026 - 06:12 PM

El insulto como estrategia de la política

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Nos quejamos de la polarización y de la vulgaridad de los políticos, a pesar de que tampoco los dejamos solos. Les damos me gusta, compartimos el video y lo enviamos al grupo de la familia o los amigos con los que nos congraciamos en la política. Si es de los nuestros, decimos que por fin alguien tuvo los pantalones para decir las cosas como son. Ni más ni menos. Si es del otro bando, lamentamos la degradación de la democracia y del debate público. Tenemos principios, esto es claro, su nivel de dureza depende de quién es el protagonista.

A principio de este año Elliot Motte, investigador de la Universitat Pompeu Fabra, ayuda a entender esta contradicción. Al estudiar publicaciones de congresistas estadounidenses, encuentra que los mensajes ofensivos reciben alrededor de un 17 por ciento más de me gusta que otros comparables del mismo político. También identifica un aumento temporal de 2,4 puntos porcentuales en la intención de voto después de episodios altamente agresivos. El efecto dura aproximadamente una semana. Suficiente para que alcance a pescar la siguiente pelea.

Lo interesante es de dónde sale ese apoyo. El insulto – según el estudio – parece reafirmar principalmente a los simpatizantes menos convencidos, es decir, ganancia directa. Los adversarios siguen siendo adversarios y los independientes no muestran un cambio claro. El político consigue que los suyos vuelvan a sentirse suyos. Para eso, a veces basta con humillar al enemigo correcto.

Visto así, hay una racionalidad bastante perturbadora detrás del espectáculo. Explicar un asunto de cuestión pública exige tiempo, preparación y una audiencia dispuesta a escuchar. Ponerle un apodo al contradictor cabe en cualquier pantalla. La diferencia se puede medir en interacciones, mientras seguimos preguntándonos por qué escasean las propuestas y abundan los improperios.

El estudio tiene límites. Observa intención de voto, no votos depositados, y sus resultados no se pueden trasladar automáticamente a Colombia. Pero la escena nos resulta bastante familiar. Hemos aprendido a llamar autenticidad a la grosería y valentía a la incapacidad de discutir sin degradar al otro. Siempre que el otro nos caiga mal, por supuesto.

También hay rendimientos decrecientes. El que insulta todos los días pierde capacidad de sorprender. Hasta la indignación se desgasta. Quizá por eso algunas controversias parecen necesitar una dosis cada vez mayor para conseguir nuestra atención. La cuenta es sencilla. el político recibe la visibilidad; entre todos asumimos el deterioro de la conversación. Después llegan los llamados a la sensatez, generalmente de quienes acaban de celebrar la última humillación.

Podemos exigir mejores dirigentes. También convendría revisar qué estamos premiando. Porque detrás de muchos políticos que gritan hay una audiencia que aplaude, comparte y luego pregunta, muy preocupada, en qué momento se volvió tan vulgar la política.

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