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Sábado 17 de octubre de 2026 - 01:00 AM

El deseo en la literatura contemporánea

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Históricamente, el deseo femenino ha sido un espacio domesticado o castigado por la moral. Sin embargo, en la literatura contemporánea escrita por mujeres, la cartografía de este deseo femenino se ha redibujado de manera radical. Ya no asistimos a la contemplación pasiva, sino a la manifestación de fuertes corrientes de atracción y placer que arrastran consigo tanto la infidelidad, el engaño y el dolor como el éxtasis absoluto en los relatos.

En novelas como la de Luz Karime Santodomingo la sexualidad es asumida de forma desinhibida, natural y franca por parte de la protagonista. En su libro, el erotismo se despoja del castigo constreñido a la abnegación para mostrar corrientes personales cargadas de ambivalencia. El cuerpo se convierte en el escenario de una tensión constante entre la entrega y la resistencia. Las dinámicas entre los personajes revelan complejos juegos de poder, donde dominar o ser dominado altera las reglas de la intimidad.

Santodomingo desentraña esa atmósfera magnética: una suerte de magia que a veces no es erotismo en su estado puro, sino una fuerza invisible que une o destruye a los amantes. De ahí que la escritora fracture las nociones tradicionales de la lealtad con una pregunta amenazante: «¿Qué es ser fiel? Es buscar placer en otros, pero seguir amando a la misma persona. Es reprimir lo que se siente, lo que se desea».

El deseo como una fuerza irracional no es una novedad contemporánea. De hecho, es uno de los motores más antiguos de la narrativa humana. Si bien el deseo como motor irracional es un motivo clásico, autores actuales como Annie Ernaux señalan que el deseo opera como una fuerza insensata en la sociedad actual. Existe una búsqueda de placer sin importar las consecuencias, un impulso ciego que desafía la estabilidad, el orden social y la propia cordura. Al igual que en mi propia escritura y en los agudos análisis de Vanesa Rosales, la crudeza de Margarita García Robayo o la desolación de Sara Jaramillo Klinkert en El cielo está vacío, se manifiesta un insaciable deseo de placer que prefiere el abismo antes que la tibieza. La carne se narra desde la insatisfacción constante, el sexo explícito y la obsesión.

Leer estas obras implica confrontar nuestros propios tabúes. Como escritoras y lectoras, nos situamos ante un espejo que ya no deforma el placer para hacerlo aceptable. Escribir sobre el entramado entre el dolor y el placer no es un acto de complacencia; es un ejercicio de soberanía. Al celebrar la narración de Santodomingo y de tantas otras mujeres que hoy escriben sin pudor, entendemos que el deseo no es un puerto seguro, sino el oleaje mismo: una corriente indomable que nos define en nuestra libertad más absoluta y peligrosa.

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