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Sábado 17 de octubre de 2026 - 01:00 AM

El saber que no se vende

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Con ocasión del XVII Congreso Internacional de Teoría Jurídica y Derecho Constitucional, realizado en la UDES de Bucaramanga, fui invitado por el Dr. Luis Guillermo Rosso Bautista a presentar el libro de su tesis doctoral titulada: “Descolonización jurídica de la protección del saber ancestral de las comunidades indígenas de la Amazonía”. Hago acá una sinopsis de ella.

Durante siglos, Occidente ha mirado a los pueblos indígenas como quien recorre un museo: con respeto de vitrina y la mano lista para apropiarse de lo que brilla. Contra esa codicia disfrazada de tolerancia se levanta el libro presentado, investigación doctoral que no pide permiso para incomodar.

El libro se adentra en la medicina tradicional de los pueblos Inga, Cofán y Kamentsá del Alto Putumayo: los “elementales” (yagé, yopo, ambil, mambe, rapé), plantas sagradas que son remedio del cuerpo, orden del espíritu y raíz de la identidad cultural. Allí el taita no es un simple curandero: es autoridad, memoria viva y guardián de un conocimiento colectivo que ninguna patente alcanza a comprender, porque nació para compartirse en comunidad y no para ser poseído por un individuo.

De ahí su pregunta central: ¿qué mecanismo jurídico protege de verdad un saber así, según las condiciones sociales y culturales en que se produce? Tras un trabajo documental, etnográfico y de campo, con entrevistas, grupos focales y la voz directa de los taitas, el autor responde sin rodeos: la propiedad intelectual, hija del mercado, es un escudo de papel para un saber que no tiene precio.

Su propuesta es la autoprotección jurídica cultural (AJC), construida con la metodología de la co-labor, donde las comunidades dejan de ser objeto de estudio para convertirse en sujetos que deciden. Cinco pilares la sostienen: la naturaleza como sujeto colectivo de derechos, el derecho propio como fundamento, la protección de las prácticas ancestrales de uso e intercambio, la prioridad de la propiedad intelectual colectiva y el principio de objeción cultural. Su propósito es doble: arrancar la medicina del mercado y dejar el saber en manos de quienes lo han guardado.

Colombia presume de una Constitución pluralista, pero un pluralismo que no cambia las reglas es puro adorno. Reconocerlos en el papel mientras se les despoja en la práctica es hipocresía con timbre oficial. Proteger el saber ancestral no es una limosna ni un capítulo folclórico: es garantizar la pervivencia de pueblos enteros, en igualdad de condiciones con los demás derechos que juramos defender. Toda protección diseñada sin ellos será, una vez más, imposición.

La lección del libro es incómoda y necesaria: hay conocimientos que no se explotan, se respetan. Y mientras sigamos tratando la sabiduría indígena como materia prima, no habremos descolonizado nada: solo cambiado de amo. Los invito a leerlo.

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