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Sábado 17 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Los que levitan con el cargo

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Hay un personaje poco conocido en Bucaramanga que llegó no hace mucho, pero que es el tipo de persona que, cuando llama, antes de decir buenos días, ya está enumerando sus cargos. Que si estuvo en la Superintendencia de Industria y Comercio, que si fue al Ministerio del Trabajo, que si pasó por la Cancillería, que si estuvo en la Cámara de Comercio de Bogotá, que si trabajó en la Alcaldía de Bucaramanga. Una hoja de vida que recita de memoria y con ínfulas absurdas.

Y ahora, con su más reciente destino, el cuento empeoró. Porque ahora resulta que lo nombraron notario del Círculo de Bucaramanga y la frase que suelta en cada conversación es que «el presidente de la República lo nombró». Dicho así, en presente, con el énfasis puesto en la palabra presidente, como si eso fuera un título vitalicio que lo eleva por encima del resto de nosotros, los mortales.

El detalle que omite, convenientemente, es que ese nombramiento lo hizo Gustavo Petro en sus últimas semanas de gobierno, en junio de 2026, cuando ya tenía un pie fuera de la Casa de Nariño. No lo nombró el gobierno actual. Lo nombró el presidente saliente, en uno de esos movimientos de última hora que todos los gobiernos hacen antes de entregar el poder. Eso no le quita validez legal al nombramiento, claro que no, pero sí le quita algo del brillo con el que él lo cuenta.

Pero más allá de este personaje puntual, que es solo uno de los ejemplos más cercanos que tengo, lo que me parece que vale la pena reflexionar es sobre ese fenómeno tan colombiano de confundir el cargo con la persona. Es como si el puesto fuera una identidad permanente y como si haber pasado por una entidad del Estado te convirtiera en alguien distinto y que está por encima de la gente común que nunca tuvo acceso a esos escritorios.

Los cargos públicos son un servicio; nada más y nada menos que eso. Quien los ejerce con la actitud de quien recibió una distinción divina generalmente termina siendo recordado más por esa vanidad que por lo que hizo mientras los tuvo.

El trabajo bien hecho no necesita introducción de ese tipo. Es mejor ir livianos por la vida, sin la necesidad de conocer con quién hablamos al otro lado del teléfono. En últimas, quienes realmente han dejado huella en esta ciudad nunca necesitaron presentarse con un recital de cargos.

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