Hay coincidencias que parecen escritas por un guionista. Mientras en las salas de cine del país se exhibe Palestina 36, el extraordinario largometraje de la directora palestina Annemarie Jacir, el Gobierno de De La Espriella trasladó la Embajada de Colombia a Jerusalén. La película narra los orígenes de una injusticia; la decisión del Gobierno la profundiza.
La historia transcurre en 1936, cuando el Imperio británico dominaba Tierra Santa y el pueblo palestino resistía. En 1917, con la Declaración Balfour, el Reino Unido prometió un “hogar nacional” para el pueblo judío en una tierra ya habitada a cuyos pobladores nadie consultó. Dos décadas después, la persecución nazi en Europa multiplicó la llegada de colonos judíos. El pueblo palestino terminó pagando con el despojo de sus tierras los crímenes de otros.
Jerusalén, ciudad sagrada para las tres grandes religiones monoteístas y escenario de la película, tiene un estatuto especial desde 1947. Sin embargo, en 1967 Israel ocupó su parte oriental. En 1980, la Resolución 478 del Consejo de Seguridad de la ONU declaró nula la ley con la que Israel anexó la ciudad y la proclamó como su capital, además pidió retirar las embajadas. Por eso Colombia llevó la suya a Tel Aviv.
En 2017, la Asamblea General, mediante la Resolución ES-10/19, declaró “nula y sin efecto” cualquier decisión que altere el estatuto de Jerusalén. Fue la respuesta del mundo a la decisión de Trump de reconocerla como capital de Israel. Se aprobó con 128 votos a favor, 9 en contra y 35 abstenciones. Hoy, con Colombia, apenas diez países tienen embajada en Jerusalén, la mayoría gobiernos satélites de Washington o Tel Aviv.
Las repercusiones de la decisión de De La Espriella no se han hecho esperar. La Organización para la Cooperación Islámica, que agrupa 57 países, unos 2.000 millones de habitantes, advirtió que la medida dañará sus relaciones con Colombia. La movida aísla a nuestro país, en especial del mundo árabe y musulmán, para alinearlo aun más con las erráticas políticas de Trump y Netanyahu, dos de los líderes más desprestigiados y responsables de buena parte del caos global. Netanyahu, además, tiene orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad.
Es desalentador que un Estado nacido en buena medida con la justificación de ser refugio de perseguidos reproduzca contra otro pueblo los vejámenes que sufrió el pueblo judío. Los horrores de la Segunda Guerra Mundial deberían servir para condenar nuevas atrocidades, no para justificarlas.
Vale la pena ver la película Palestina 36 porque después de hacerlo se entiende que el traslado de la Embajada no es un simple trámite diplomático, sino una posición en favor del colonizador.











