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Alvaro Beltran Pinzón
Lunes 16 de junio de 2025 - 01:00 AM

La hora de las instituciones

Cuando el discurso voluntarioso sustituye la deliberación y amenaza el tejido institucional, la desconfianza se convierte en caldo de cultivo para la desafección democrática.

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En tiempos de incertidumbre y desazón colectiva, la esperanza debe anclarse en la fortaleza de las instituciones. Su cohesión, la transparencia en su proceder, la firmeza en el cumplimiento de su misión y la claridad con que se comunican con la sociedad son factores indispensables para sostener la confianza pública. No basta con que las decisiones sean correctas; han de ser también sinceras, aplicables y asumidas con sentido de responsabilidad.

 Cierto es que demasiados representantes institucionales han incurrido en comportamientos desafortunados e incluso delictivos. Sin embargo, la gravedad del momento actual impone un llamado superior: que todos comprendan que el futuro de Colombia no puede seguir subordinado a intereses personales o cálculos estratégicos. En manos de quienes ejercen funciones públicas está la posibilidad -y la obligación- de contribuir a la regeneración moral y política del país.

 La espiral creciente de ciudadanos angustiados que considera que Colombia va por mal camino debe ser atendida con seriedad. Cuando el discurso voluntarioso sustituye la deliberación y amenaza con fracturar el tejido institucional, la desconfianza se convierte en caldo de cultivo para la desafección democrática. A ello se suma el rol que juegan hoy las redes digitales en la conformación de estados de ánimo masivos. Como señala Byung-Chul Han, “en el mundo controlado por algoritmos, el ser humano va perdiendo su capacidad de obrar por sí mismo”. Esa percepción la corrobora César Caballero, gerente de Cifras y Conceptos, al advertir que en las redes digitales se cumple la regla del 90-9-1: el 90% de los usuarios son receptores pasivos, el 9 % interactúa y es muy radical, y solo el 1 % lidera; es decir, una mínima burbuja marca la agenda emocional del país. Hay quienes, siendo razonables en la vida cotidiana, adoptan detrás de las pantallas un tono inflamado para captar atención, contribuyendo a un clima que luego les resulta espantoso. El algoritmo premia los extremos, invisibiliza la mesura y alienta el espectáculo de la confrontación, desdibujando el juicio y la prudencia.

 Cuando el desconcierto amenaza con traducirse en caos, es cuando más urge que el Congreso, la Rama Judicial, el Ejecutivo, el empresariado y la ciudadanía ejerzan sus responsabilidades con decoro y sensatez. El respeto institucional no solo es el único instrumento legítimo para corregir errores y encauzar el rumbo del Estado: es también la base para construir una sociedad justa, con igualdad de oportunidades, libre de escaramuzas que siembran miedo, alimentan delirios mesiánicos o disfrazan con ilusiones libertarias y democracia directa lo que no es más que el viejo afán caudillista de perpetuarse en el poder.

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