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Donaldo Ortiz Latorre
Lunes 09 de junio de 2025 - 01:00 AM

El implacable mal

Insistimos en matar: por odio, por ideología, por el color, por el azul, por el rojo, por el negro. Esa es la experiencia colombiana: ira, desconfianza, euforia ciega. ¿Heredamos todo el mal del mundo?

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“No hay felicidad en el odio”, lo dijo varias veces Camus, quien también escribió: “Si he estado a la altura de la protesta humana contra la violencia, que la muerte corone mi obra con la pureza de mi idea”.

La violencia sobra en Colombia, un país donde ha predominado el odio desde sus orígenes: Santander contra Bolívar, o Bolívar contra Santander, cuyas pugnas incubaron por lo menos diez guerras civiles en el siglo XIX. Liberales contra conservadores; la Guerra Magna, la de los Supremos, y la terrible Guerra de los Mil Días, cuando corrieron ríos de sangre por toda esta nación que parece empeñada en matarse a sí misma. Y eso sin contar las muertes por hambre ni las muertes inocentes que nunca se registran.

El siglo XX no fue mejor: trescientos mil colombianos murieron víctimas de la violencia partidista. A las mujeres embarazadas les abrían el vientre para impedirles dar vida levantando más odio. Trágico destino el nuestro: dos océanos, una riqueza natural exuberante, ríos, nevados y páramos majestuosos…, pero en lucha fratricida. No ha habido voluntad de conciliación ni de paz y tampoco hemos sido bendecidos con ella, porque en nuestra historia ha imperado el odio. ¿Quién no ha perdido a alguien por culpa de la violencia? ¿Quién no ha tenido que huir de ella?

Después vino la violencia guerrillera, que todavía persiste, aislada en las montañas, ya sin ideales, convertida en negocio. Se quedaron atrás los discursos grandilocuentes sobre transformar al país. Mientras tanto, la vida sigue, con mucho sufrimiento en las ciudades a donde huyeron y siguen huyendo familias enteras con sus trastos para no morir en el campo. Bonita historia la nuestra.

Insistimos en matar: por odio, por ideología, por el color, por el azul, por el rojo, por el negro. Esa es la experiencia colombiana: ira, desconfianza, euforia ciega. ¿Heredamos todo el mal del mundo? ¿Cuántas veces hemos asesinado en nuestro corazón? ¿Cuántas veces ha bastado una palabra para herir de muerte a alguien? ¿Desde cuándo el odio habita nuestra vida? ¿Muerto Dios, todo está permitido —como decía Iván Karamazov?

Nos han hecho creer que la tierra puede ser un paraíso, pero vivimos en uno de sangre. Un infierno disfrazado de edén. No existe el “asesinato razonable”. Ya es hora —de una vez por todas— de detener la mano siniestra del terrorista, del esbirro, del asesino que dispara en Colombia, del hampón que roba la comida de los niños. Porque el odio no puede seguir siendo nuestro lenguaje común ni da felicidad. Y la paz no debe seguir siendo apenas una tregua entre masacres.

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