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Eduardo Muñoz Serpa
Martes 03 de junio de 2025 - 02:01 AM

Rafael Luna

A mediados de los años cincuenta del siglo pasado, tanto el paisaje urbanístico como el humano que mostraba el centro de Bucaramanga, eran diferentes a los de nuestros días.

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A mediados de los años cincuenta del siglo pasado, tanto el paisaje urbanístico como el humano que mostraba el centro de Bucaramanga, eran diferentes a los de nuestros días.

A quienes por aquel entonces transitaban por el parque Romero les era familiar la figura de una mujer grande, dinámica, de complexión fuerte, voz dura, quien vendía flores a los visitantes de los dos cementerios del lugar, el Central y el Particular. Ese era su oficio diario y lo fue hasta el fin de sus días. Tenía un hijo, mocetón alto, acuerpado, de mirada altiva, que pocos años después, a principios de los años sesenta, cuando a raíz del éxito de Bernardo Caraballo brotó ‘fiebre’ de boxeo en Colombia y aparecieron Rodrigo Valdez, “Mochila” Herrera y otros más, se supo que era figura en los cuadriláteros y se llamaba Rafael Luna.

¿Un boxeador en estas breñas décadas después de cuándo los hermanos Garnica organizaban encuentros boxísticos en el Teatro Garnica? ¡Caray! Que en la Costa Atlántica aparecieran boxeadores como Caraballo, Valdez, “Mochila” Herrera y otros más, eso era otra cosa. ¿Pero aquí, donde lo único relacionado con el boxeo era el eco de la voz de un gigantón ecuatoriano, “Cosmopolita”, quien llegó a Bucaramanga como boxeador y terminó con gorra de marinero recorriendo las calles anunciando sus deliciosos turrones, manjar para quienes éramos niños y oficiando de masajista del Atlético Bucaramanga?… Ahh, hasta tal momento a lo dicho solo se sumaba el entusiasmo y fervor por el boxeo de contados dirigentes como el inolvidable Jorge Chacón Caprioti y… punto. ¿Pero teníamos un joven boxeador?

Si. Rafael Luna, aguerrido, tozudo, quien logró romper nuestra indiferencia y no solo enfrentó en los cuadriláteros a renombrados pugilistas sino que en numerosas veladas boxísticas fue, como expresó el periodista Kilo Ardila, el que pegaba los carteles del evento, vendía las boletas de entrada y, después, luciendo pantaloneta, en el ring intercambiaba golpes con sus contrincantes.

Pasaron los años y comenzó a vérsele, maletín en mano, por las calles bumanguesas; ya no era boxeador sino entrenador de pugilistas.

La rueda de la vida dio más vueltas, nuestros mayores marcharon al jardín de los ausentes y nos llegó el turno de ser viejos pero Rafael Luna, octogenario, en el gimnasio de la urbanización Bucarica sigue enseñando a boxear a nuevas generaciones.

Allí, hermosa y alegremente, celebraron que hubiera cumplido 84 años y se le ve, mirando a la vida con aquella entereza con que lo hacía cuando era joven. A Rafael los santandereanos, desde el fondo de nuestros sentimientos le decimos… ¡Feliz cumpleaños y gracias por su vida!

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