Cuando descendía para llegar a la glorieta del estadio y buscar el ingreso al escenario, todo el mundo cantaba a todo pulmón ‘la Cumbia de los Trapos’.

El miércoles 6 de junio de 2024, a las 6:12 minutos de la tarde, ‘Jotas’ Mantilla me escribió por WhatsApp lo siguiente: “Pipe buenas tardes, te va a buscar Juan Pablo Camelo de Win, quieren una nota contigo, atento”. A las 6:36 un “Buenas noches Felipe, le escribe Juan Pablo Camelo, coordinador de realización de Win Sports”, hizo vibrar el teléfono. “Me dio su número Jotas Mantilla, quería saber si es posible vernos mañana para una entrevista”. Ante la respuesta positiva de mi parte, llegaron el viernes 7 a las dos de la tarde bajo un sol abrasador. Venían de entrevistar a la ‘cuchibarbie’ Marina Pineda. Tomaron agua y gaseosa, montaron cámaras en el jardín de mi casa y arrancaron con las preguntas.
Durante una hora narré la historia del Atlético Bucaramanga; una historia salpicada con pocos momentos de felicidad que había tenido el equipo a lo largo de 75 años de intentos fallidos buscando una estrella, como por ejemplo en 1960 y en 1975, precisamente ante Santa Fe, rival que aparecía de nuevo en el camino al día siguiente cuando se jugaban los primeros 90 minutos de una final que tenía de cabeza a la ciudad y a su multitudinaria hinchada. Hablé de una afición que durante años aguantó descensos, campañas decepcionantes y sobre todo, siete años en la Primera B; durante ese tránsito se fueron miles de seguidores del equipo leopardo y otros perdieron la vida en las carreteras por seguir a un onceno que sin ganar nada, conquistó el corazón de un pueblo. Lloré cuando hablé de Dudamel, un patriota quien llegó de Yaracuy montado en su caballo blanco y se puso al mando de una tropa capitaneada por Jefferson Mena; todavía preguntaba cómo hizo el doctor Jaime Elías Quintero para convencerlo y soltar una frase que nos conmovió cuando apretaron sus manos en Cali: “Soñemos juntos”.
Al rato bajé a la rueda de prensa en el Hotel Holiday Inn y allí estaban los comandantes de un grupo listo para la batalla; querían comerse vivo al rival que tenían por delante. Dudamel respondía las preguntas de todos nosotros; yo indagué por el tema de Montanini, le regalé el libro con la historia del Atlético y el capitán Mena miraba con determinación a los presentes; su voz de cantante de boleros retumbaba ante cada pregunta, pero sus ojos brillaban como un felino agazapado en una cueva.

Apenas amaneció ese bendito 8 de junio, felicité a mi señora por su cumpleaños; luego de besos, regalos y torta, apenas probé el almuerzo; ya era difícil hasta respirar, tenía el pecho apretado, me tomé unas gotas de pasiflora y la infaltable aspirina para el corazón, me puse una camiseta negra que tiene una foto en el pecho con Américo; a su lado mi hijo Juan Felipe, Ramoa y mi hermano Roberto. El sargento (R) del ejército Henry Sarmiento llegó en su taxi Hyundai Grand i10, el aire acondicionado nos refrescaba y me dejó en la esquina de la carrera 32ª con 14.
Cuando descendía para llegar a la glorieta del estadio y buscar el ingreso al escenario, todo el mundo cantaba a todo pulmón ‘la Cumbia de los Trapos’; la pólvora por un lado y la Banda del Leopardo por el otro no dejaban de sonar; me encontré con mi hermano a quien saludé con un beso y le dije: “enano, gracias por venir, hoy ganamos hijueputa”. A mi lado estaban en la cabina Sergio Prada, Willy Peña, Fabián Blanco, Javier Mantilla, ‘el negro’ Miguel Oswaldo y Guillermo Díaz. Casi nos ahogamos con el humo amarillo y verde que invadió el coliseo de San Alonso; por poco tumbamos esa cabina con el gol de Hinestroza. Recuerdo que los hinchas invadieron el terreno de juego. Me fui a dormir y al otro día llamé a Gloria Cepeda; necesitaba un tiquete aéreo. Bogotá nos esperaba; sería la semana más larga de nuestras vidas.











