Fabry empezó a hacer parte de la infantería del equipo; seguía las órdenes del capitán Mena, ayudaba a los del fondo, corría por el campo de batalla y lo atravesaba de un lado a otro apoyando a sus compañeros sin desfallecer.

La noche del 15 de junio de 2024, Edwin Fabry Castro Barros caminó hacia el arco sur del estadio Nemesio Camacho como si estuviera en una calle de Santa Bárbara, su pueblo natal. Iba tranquilo, reposado y con la decisión tomada para ejecutar el cobro del penal sobre la portería de Santa Fe; tenía el turno número siete y daba la impresión de que se dirigía a la tienda del frente de su casa a comprar una gaseosa con pan. Mientras tanto Rafael Dudamel empuñaba un rosario y movió sus manos hacia abajo pidiéndole calma y tranquilidad al volante nariñense.
La expectativa era total; se podía escuchar el zumbido de una mosca si a esa hora le hubiese dado por sobrevolar El Campín. Cómo sería que hasta los oídos del relator Eduardo Luis llegó el grito del árbitro Carlos Betancur cuando le dijo a Mosquera Marmolejo “hágase detrás de la línea”. La respiración de los hinchas del Atlético Bucaramanga se contuvo; Fabry tomó la pelota con su mano izquierda y la acomodó en el punto penal. Caminó hacia atrás, miró al banco del onceno leopardo y tomó impulso; de un toque sutil y con el borde interno del botín la acomodó suave al palo del costado derecho, mientras que Mosquera se lanzó hacia el otro sector de la enfangada área chica. “Este estuvo muy bien cobrado, lo engaña por completo”, atinó a decir Carlos Antonio Vélez; su compañero de fórmula, el profesor Juan José Peláez dijo “le pegó con el borde interno, muy tranquilo”.
El número 22 del batallón comandado por el coronel Rafael Dudamel no celebró, al contrario, salió caminando para devolverse hasta la mitad de la cancha y de repente giró a su izquierda y se dirigió hacia donde se encontraba el portero Aldair Quintana, su compañero de equipo. El sargento Castro le dijo a quien custodiaba la guarnición: “dijiste que tapabas dos, va uno, este es el otro”. Y se devolvió para su lugar; ¡ya había hecho el mandado! Dudamel apretaba sus puños, levantaba su cabeza con los ojos cerrados, no paraba de orar. Le llegó el turno a Millán, mientras que Quintana no dejaba de hablar; el hijo de René y de Francy estaba poseído, le tenía que cumplir la orden a Fabry. Cuando Aldair desvió el cobro del jugador santafereño, se dirigió hasta el juez de línea esperando que validaran la atajada. Cuando pitó Betancur todo fue locura, llanto, gritos, abrazos, besos, mejor dicho, ¡era un pandemónium!

Cómo será de buen ser humano Fabry Castro que en vez de salir corriendo para abrazar a sus compañeros, tuvo tiempo para consolar a un par de jugadores del rival y ahí sí, festejar hasta el día siguiente. Estaba en todo su derecho; en el 2023 había quedado como agente libre y cuando se sientan a negociar el contrato entre Rafael Dudamel y el entonces presidente del Bucaramanga Jaime Elías Quintero, al primer jugador que propone el técnico venezolano es a Fabry Castro. “Yo no estaba muy convencido y le dije que no, pero ‘Rafa’ insistió y lo contraté en el mes de noviembre de ese año. El tiempo me dijo que yo estaba equivocado” aseguró con humildad el dirigente ocañero.
Fabry empezó a hacer parte de la infantería del equipo; seguía las órdenes del capitán Mena, ayudaba a los del fondo, corría por el campo de batalla y lo atravesaba de un lado a otro apoyando a sus compañeros sin desfallecer. No gastaba municiones en gallinazos, guardaba agua en su cantimplora para abastecer a sus amigos; era meticuloso y seguro cuando se lanzaba al frente de ataque; se animó a disparar desde fuera del área cuando los rivales se lo permitían. Metió pierna sin cuartel y empujó rivales cuando vinieron a encarar a sus soldados. Con su gol, aseguró el título, ¡qué más que eso! “Cobró con maestría”, remató diciendo mi ahijado Fabián Blanco. Gracias por todo, querido Fabry, sigue haciendo ese tipo de mandados.











