Colombia atraviesa un momento complejo. La polarización política ha fragmentado la conversación pública y ha debilitado la confianza entre ciudadanos que, en esencia, quieren lo mismo: vivir en un país seguro, próspero y con oportunidades. En ese contexto, cualquier proyecto político serio debe comenzar por reconocer que ningún sector, por sí solo, tiene todas las respuestas.
La propuesta que encabezan Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo parte precisamente de ese reconocimiento. En palabras de la propia Paloma Valencia, “queremos aprender a caminar con quienes son distintos. No es fácil, pero el futuro de Colombia nos exige algo más grande: construir juntos y dejar atrás el odio”. En una época marcada por trincheras ideológicas, esa invitación a construir en medio de las diferencias resulta tan necesaria como valiente.
La política democrática exige escuchar, deliberar y, sobre todo, entender que la diversidad de opiniones no es una amenaza, sino una oportunidad para enriquecer las decisiones públicas. Como lo ha señalado el expresidente Uribe, “es necesario entender los nuevos tiempos, escuchar con atención y respeto las ideas diferentes sin abandonar los principios que nos guían”. Esa combinación entre apertura y convicción es la que permite construir consensos sin renunciar a los valores fundamentales.
Esos principios han estado presentes en la discusión pública durante las últimas décadas y siguen siendo relevantes para enfrentar los desafíos del país. La seguridad democrática como condición básica para la convivencia, la confianza inversionista como motor de crecimiento, la cohesión social como compromiso con los más vulnerables, un Estado austero, descentralizado y transparente, y un diálogo permanente con la ciudadanía para orientar las decisiones públicas. Estos pilares no son consignas de campaña. Son elementos que pueden y deben convertirse en políticas de Estado.
Construir sobre esos fundamentos implica defender la propiedad privada, fortalecer la competitividad de nuestras empresas, promover el empleo formal y ampliar las oportunidades para quienes más lo necesitan. También implica algo que Juan Daniel Oviedo ha planteado con claridad: tomar decisiones basadas en evidencia, en datos y en análisis rigurosos que permitan mejorar la calidad de vida de las personas y la generación de riqueza en el país para “que no nos llegue 2050 siendo un país pobre, violento, viejo e informal”. Esa frase resume con crudeza el riesgo que enfrentamos si seguimos atrapados en discusiones estériles mientras el mundo avanza.
Por eso, el verdadero valor de esta propuesta política no está en la etiqueta ni en la narrativa fácil. No se trata de la candidatura de “el de Uribe”, como algunos intentan simplificar. Se trata de un proyecto que nace de la decisión de un grupo de candidatos de poner en manos de los colombianos la posibilidad de construir una alternativa.
Una alternativa que entiende que Colombia no necesita más divisiones, sino acuerdos. Que reconoce las diferencias, pero también la responsabilidad compartida de sacar adelante al país. Porque al final, la política democrática no consiste en imponerse sobre el otro, sino en encontrar caminos para avanzar juntos.











