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Luis Ernesto Ruíz
Miércoles 14 de enero de 2026 - 08:29 AM

Venezuela y Trump: una crisis que entra en fase decisiva

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La crisis venezolana atraviesa una etapa de reconfiguración acelerada, marcada por la presión internacional y por la recomposición de actores que, hasta hace poco, parecían políticamente notificados.

En este nuevo esquema, los hermanos Rodríguez vuelven a ocupar posiciones clave. Delcy Rodríguez ha sido incorporada al gobierno provisional, bajo el argumento de garantizar continuidad administrativa y evitar el colapso operativo del Estado. Su presencia, sin embargo, genera rechazo en amplios sectores que ven en esta decisión una transición maquillada más que una ruptura real. Parece ser que los asesores de Trump lo tenían preparado: Delcy siempre ha estado al frente de Petróleos y aquí está el objetivo primordial de sacar a Maduro del poder; es el petróleo el verdadero interés de Trump y de las diferentes empresas petroleras, cansadas de ver cómo este se malgastaba en Cuba y Rusia. La “cascarita” donde se deslizó Maduro fue el narcotráfico.

En paralelo, Jorge Rodríguez conserva un rol central en la asamblea política, hoy convertida en un escenario de disputa narrativa. Desde allí insiste en un discurso de soberanía y legalidad institucional frente a lo que define como una intervención extranjera, con un margen de maniobra reducido.

Donald Trump ha trasladado la crisis venezolana al terreno del poder simbólico y la presión estratégica, buscando imponer la idea de control, mientras redefine quiénes son interlocutores válidos y cuáles serán las siguientes operaciones; ya habló del tráfico de drogas, señalando a Venezuela como uno de los mayores proveedores de narcóticos, así como de recursos para los grupos armados que patrocina. Una mirada al Catatumbo hoy nos muestra varios aspectos: el regreso del Eln y los rezagos de las Farc, además de grupos ilegales armados protegidos en Venezuela. Estos también han crecido a lo largo y ancho del país, con una mirada miope de Petro. Todo esto lo conoce Trump; por eso ha sido clara la mirada hacia Colombia y, desde luego, los anuncios, hoy apenas murmullos, del mayor productor de narcóticos, así como la visión de un “enfermo”, como cataloga a Petro, por ese mismo mal: los narcóticos.

En contraste, María Corina Machado emerge como el rostro más visible del reordenamiento opositor con respaldo externo. Su interlocución directa con Washington la posiciona como figura clave en el diseño político de la transición, pero también la expone a críticas internas por apostar a una salida fuertemente tutelada desde fuera. Para sus seguidores, representa una ruptura necesaria; para sus detractores, un liderazgo dependiente del pulso estadounidense.

El cierre del tablero es implacable: Venezuela ya no solo discute quién gobierna, sino para quién y bajo qué condiciones. Entre un provisionalismo contaminado, una oposición fragmentada y una potencia extranjera marcando el ritmo, el riesgo no es la falta de liderazgo, sino que el país vuelva a ser administrado como mandan las políticas; esta vez, sin margen para el autoengaño, de propios y extraños.

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