Colombia atraviesa un momento donde la política ha dejado de ser un telón de fondo para convertirse en el escenario principal. El gobierno de Gustavo Petro ha planteado una agenda de reformas profundas para mantenerse en el poder, ha provocado una reacción de apoyo de sus bases y resistencia firme de amplios sectores políticos y económicos del país.
En este contexto, las reformas —especialmente la de salud— han dejado de ser discusiones técnicas para transformarse en auténticos campos de batalla ideológica. Lo que está en juego no es solo la eficiencia de un sistema. La consecuencia inmediata es una parálisis con resultados desastrosos, como la hemos visto con la muerte del niño Kevin Arely Acosta, a quien Gustavo Petro culpa a una bicicleta estúpidamente, y luego, días después, también murió un adulto por la misma razón. Hacía 20 años que no moría un paciente por hemofilia.
A esta tensión institucional se suma un fenómeno cada vez más evidente: la política se ha trasladado a la calle. Las marchas, tanto a favor como en contra del gobierno, reflejan un país movilizado y profundamente dividido. La legitimidad ya no se construye únicamente en los recintos oficiales, sino también en la capacidad de convocar y sostener respaldo ciudadano.
Hemos entrado en una época electoral con coyunturas definitivas: la primera, la continuidad de un gobierno que ha sido nefasto para los colombianos y que busca reelegirse en cuerpo ajeno. Iván Cepeda, a quien conocemos de autos y de sus amistades peligrosas, heredero de un legado de su padre Manuel Cepeda Vargas, abogado, periodista, miembro activo del Partido Comunista y de la Unión Patriótica, víctima finalmente de homicidio por nefastas pasiones de la época, que hoy quieren revivir, como fue el asesinato aleve de Miguel Uribe Turbay, atribuido a un reducto de las Farc.
El tarjetón presidencial de 2026 refleja un país fragmentado y en disputa política. Figuras como Iván Cepeda lideran la intención de voto y encarnan la continuidad del proyecto de Gustavo Petro. Desde la oposición, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella disputan el electorado de derecha, mientras el centro busca espacio con Sergio Fajardo y Claudia López.
Los electores deben reconocer que el enemigo es uno solo: Iván Cepeda. No pueden haber diferencias entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, ahora fortalecida por la vicepresidencia de Juan Manuel Oviedo; los que van por el centro no tienen sino esas dos alternativas. Los colombianos debemos unir estas fuerzas; si lo hacemos, estoy seguro de triunfar en la primera vuelta. Estos días que faltan para la primera vuelta son fundamentales; los que esperamos resultados salvadores para este país descuadernado por un cuatrienio turbulento tenemos que acercarnos por lo que nos une y tolerancia con lo que nos separa, si queremos una Colombia justa para todos.











