Colombia enfrenta hoy una realidad que no podemos ignorar. Tenemos problemas que nosotros mismos hemos construido durante décadas, pero también debemos enfrentar fenómenos naturales que nos recuerdan, de manera dolorosa, lo vulnerables que somos.
La inseguridad, la violencia, el narcotráfico, la corrupción, la pobreza, el desempleo, la informalidad y la desigualdad siguen siendo grandes desafíos. A ellos se suman las dificultades en la salud, la educación, la infraestructura y el desarrollo de las regiones. Son la herencia que nos dejó el desgobierno de Petro Urrego. Son problemas que requieren decisiones serias, instituciones fuertes y, sobre todo, una visión de país que vaya más allá de las disputas políticas.
Pero mientras discutimos por el poder, la naturaleza nos coloca nuevamente frente a una realidad diferente. El terremoto registrado recientemente, de magnitud 7,4 y con epicentro en San José del Palmar, Chocó, nos recuerda que Colombia también es un país sísmicamente activo y que debemos estar preparados. Duele ver los desastres de una tierra que reclama su soberanía y sus sacudidas interminables dejan huérfanos, viudos, como familias mutiladas; incansablemente, la destrucción nos quiere amilanar, pero desde Abelardo de la Espriella, su gobierno asume liderazgos que animan a este sufrido pueblo.
Un terremoto no distingue entre partidos políticos, ideologías, ricos o pobres. Cuando la tierra se mueve, todos somos iguales frente a la fuerza de la naturaleza. Por eso, además de atender la emergencia y acompañar a las familias afectadas, el país debe preguntarse si realmente estamos preparados para enfrentar un desastre de grandes proporciones.
Removiendo los escombros, día y noche han cubierto esta tarea, buscan la vida por doquier, otros a preservar la energía de aquellos y la ciencia debe cumplir con su tarea desde los hospitales, algunos desde la calle porque sus edificaciones sucumbieron al implacable remezón, pero solidarios al desastre.
Colombia enfrenta hoy una realidad que no podemos ignorar. Tenemos problemas que nosotros mismos hemos construido durante décadas, pero también debemos enfrentar fenómenos naturales que nos recuerdan, de manera dolorosa, lo vulnerables que somos.
La prevención no puede aparecer solamente después de una tragedia. Necesitamos ciudades con mejor planificación, construcciones que cumplan las normas de seguridad, sistemas de atención de emergencias eficientes y autoridades capaces de actuar rápidamente.
Colombia tiene enormes problemas, pero también enormes posibilidades. El verdadero desafío del nuevo país será dejar de vivir reaccionando ante las crisis y comenzar a anticiparlas.
Tenemos que enfrentar la violencia y la corrupción, pero también los terremotos, las inundaciones, los deslizamientos y otros fenómenos naturales. Un gobierno responsable no solamente administra el presente: prepara al país para el futuro. Ese debería ser uno de los grandes propósitos de Colombia: menos confrontación, más prevención; menos improvisación, más planificación; y, sobre todo, un Estado capaz de proteger a sus ciudadanos cuando más lo necesitan.













