Publicado por: Miguel Angel Pedraza
Desde hace varios meses el concejal Wilson Mora ha sido objeto de serios cuestionamientos debido a sus actuaciones como gerente de la Terminal de Transportes de la ciudad, según se afirma, por haber utilizado esa dependencia para su beneficio político y personal.
Esos señalamientos sirvieron, incluso, para destituirlo del cargo de gerente por decisión mayoritaria de la junta directiva, y también para vincularlo a una indagación disciplinaria en la Procuraduría. Mientras tanto, el Concejal niega los cargos a su acomodo y argumenta que todo es producto de una persecución en su contra.
El hombre se siente perseguido por el Alcalde, se siente perseguido por la junta de la Terminal y también por los denunciantes, se siente hostigado por los auditores y dice ser víctima de una persecución de los medios de comunicación orquestada en su contra principalmente por este periódico. ¡Qué señor tan perseguido!
Su única defensa ha sido esa, la del estribillo de la persecución, pero sus explicaciones nunca han sido satisfactorias ni claras, más bien intimidantes, con tufillos de arrogancia entre todos sus delirios.
Porque el concejal Mora delira desde hace rato. Delira todos los días con el alcalde Rodolfo, a quien atrevidamente tildó de loco; delira con llevar a sus denunciantes ante la Fiscalía y delira cuestionando a los auditores. Y sus delirios de persecución son proporcionales a sus delirios de grandeza, pero sobre todo a sus delirios de poder, ese poder que siente que se le está acabando debido a sus indelicadezas y a su desprestigio.
¡Pobre Wilson, tan delirante! Ni siquiera su propio Partido Liberal lo ha respaldado, pues sus amigos de bancada han estado mudos desde el escandalo, en sospechoso silencio, y ya ni siquiera se sabe a qué corriente del liberalismo pertenece el Concejal. Aun se presume su inocencia, sin duda, pero eso de perder confianza y poder es duro para un político, bien duro, mucho más cuando apenas se está refugiado en un delirio de persecución. ¡Delirios!









