no se defendió el espacio público del que hoy no sólo se aprovechan los vendedores ambulantes, sino algunos comerciantes con locales legales que usan los andenes como vitrinas de exhibición; las vías no sólo permanecen deterioradas, sino que adolecen de un buen sistema de semáforos y de agentes para regular el desbordado e indisciplinado tránsito
Publicado por: REDACCÓN EDITORIAL
Cuando en Bucaramanga deberíamos estar aplaudiendo los avances que, de acuerdo con el ritmo natural de las sociedades, deben desprenderse del ejercicio normal de los gobiernos, en realidad lo que estamos haciendo es apreciar con estupor cómo la ciudad ha ido decayendo ante los ojos de todos sin que, realmente, se haya podido estructurar una forma de defender lo que está en peligro.
Un ejemplo de esta situación quedó en evidencia ayer en nuestras páginas que expusieron la problemática que afrontan los barrios que limitan con la carrera 33, especialmente el sector de Cabecera, que hasta hace sólo una década se consideraba como el polo urbanístico y comercial con más futuro en la meseta y que ahora vemos tambalear frente a problemas de múltiple origen.
Lo paradójico de esto es que aún hoy existe entre los bumangueses el preconcepto de que Cabecera es un sector privilegiado y especialmente protegido por los gobiernos de la ciudad, cuando la realidad demuestra una situación muy diferente, debido precisamente a la evidente ausencia del Estado en los que son sus deberes más elementales y, por consiguiente, esenciales: no se defendió el espacio público del que hoy no sólo se aprovechan los vendedores ambulantes, sino algunos comerciantes con locales legales que usan los andenes como vitrinas de exhibición; las vías no sólo permanecen deterioradas, sino que adolecen de un buen sistema de semáforos y de agentes para regular el desbordado e indisciplinado tránsito automotor; el crítico déficit de parqueaderos, la inseguridad, la creciente contaminación por gases y ruido, son sólo algunas de las nuevas realidades de un sector de la ciudad que requiere con urgencia de la atención y la intervención drástica de las autoridades civiles y policiales a fin de devolverle no sólo su tranquilidad, sino su pujanza y el liderazgo como polo de desarrollo que ostentó hasta no hace muchos años.
Pero si las complicaciones que afronta Cabecera por sus necesidades diarias son muchas, lo que ocurre en la noche mantiene a ciertos habitantes en estado de alerta máxima y en una sensación de impotencia que desanima a cualquiera. La presencia de centenares de personas de todas las edades y condiciones en las calles del sector comercial desde las primeras horas de la noche hasta el amanecer, en actividades ilegales y francamente peligrosas, no pueden continuar sin atención y a la espera simplemente de que el consumo de alcohol y otras sustancias pueda en cualquier momento desatar una tragedia.
Es hora pasada de que las autoridades atiendan con la responsabilidad que les cabe, los múltiples problemas que aquejan a Cabecera, un sector de Bucaramanga sobre el que no solamente no es justo que se mantenga esta actitud displicente e indolente, sino que más bien debería rescatarse como impulsor importante del progreso de la ciudad, una potencialidad que, a pesar de tanta agresión, aún no ha perdido.









