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Editorial
Miércoles 10 de junio de 2026 - 01:00 AM

El desarrollo no debe ser enemigo de la naturaleza

Publicado por: Editorial

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El anuncio por la alcaldía de Bucaramanga del megaproyecto de la Troncal Norte-Sur, cuyo costo roza los 423 mil millones de pesos, ha despertado no solo expectativas en cuanto a la movilidad, sino también justificadas alarmas entre las personas que defienden la vida en todas sus formas, quienes siempre han sostenido que el desarrollo urbano no puede edificarse sobre la destrucción del medio ambiente y de los seres que lo habitan, y en parte la razón de la reacción ciudadana es que este proyecto podría acabar un amplio sector del ‘Parque Los Gatos’, un verdadero pulmón verde en el occidente de la meseta.

Los animalistas y ambientalistas sostienen que allí se refugian cerca de 150 gatos abandonados, además de aves, zarigüeyas, ardillas e iguanas, en medio de una flora que ha tardado siglos en consolidarse en este lugar, por lo que en el diseño y ejecución de este proyecto la administración municipal no puede dejar de considerar el inmenso valor de este espacio verde, pues constituye uno de los terrenos más relevantes del sistema ambiental del sector, según los estudios técnicos de la propia alcaldía.

Resulta paradójico que los mismos documentos oficiales que destacan la riqueza natural del sector no hayan logrado poner en la debida perspectiva este asunto. Las cifras del tránsito sí se han tomado en cuenta, como que más de 25 mil vehículos circulan a diario por ese tramo, pero esta congestión vehicular no justifica borrar del mapa un espacio que ofrece servicios ecosistémicos invaluables para una ciudad ya de por sí asfixiada por la contaminación y rezagada gravemente en el área mínima de espacio público disponible por persona.

No es ni exacto ni justo, por otra parte, culpar a los gatos por la situación de ese lugar, pues quienes en realidad son el problema son las personas indolentes que abandonan animales en cualquier parte, no los felinos que apenas sobreviven en ese parque. La propuesta oficial de trasladarlos a “un refugio seguro” suena prometedora, pero los antecedentes no dan suficiente confianza, pues en años anteriores ya se intentó desmontar el lugar sin ofrecer una solución real y los animalistas tuvieron que alzar la voz para impedir una masacre silenciosa.

Pero el asunto, por supuesto, no termina en los felinos, pues a la pregunta de cuántos árboles se talarán solo se le han oído respuestas vagas. Se habla de sembrar 339 árboles, dos mil 700 arbustos y 800 metros cuadrados de césped; sin embargo, cualquier persona con conocimientos ambientales sabe que una compensación tardía y mal planificada jamás equipara la pérdida de un ecosistema consolidado. Los árboles centenarios no se reemplazan realmente con plántulas.

La Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga deberá velar por el Plan de Manejo Ambiental, una acción insustituible en la que debe actuar con la rigurosidad y la independencia que la ley le confiere, sin dejarse presionar por los cronogramas de obra ni por los intereses de diversa índole que, justificadamente o no, impulsan este megaproyecto. Por ahora, desde el Concejo se han insinuado acciones judiciales en defensa de la legalidad ambiental.

Lo deseable es que quienes toman las decisiones tengan en cuenta las voces ciudadanas y vuelvan la mirada hacia el parque, para que evalúen alternativas técnicas que permitan mejorar la movilidad sin aniquilar uno de los pocos pulmones verdes que nos quedan en el suroccidente de Bucaramanga. Que establezcan con precisión cada árbol que caerá, cada especie que será desplazada y cada metro cuadrado de suelo vivo que será removido, para pensar en su compensación.

Publicado por: Editorial

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