Publicidad

Editorial
Domingo 07 de junio de 2026 - 01:00 AM

El mal que carcome a Bucaramanga

Publicado por: Editorial

Compartir

Desde hace una semana, Vanguardia ha hecho la publicación seriada de artículos donde tratamos el tema del civismo, esa deseable conducta que poco a poco va conformando el tejido invisible que sostiene la vida en común y que, en Bucaramanga, desde hace largo tiempo se ha ido olvidando, principalmente por el egoísmo y el desprecio hacia lo colectivo. Cada vez más personas se sienten con el derecho de dañar el mobiliario público o de robarlo cuando les es posible, todo por esa idea perniciosa de que lo de todos es, en realidad, de nadie.

¿Qué clase de sociedad hemos construido cuando unos cuantos pisan los prados recién sembrados sin remordimiento alguno, arrojan basura en cada esquina, ensucian las paredes o rompen bombillas del alumbrado público? Estas actitudes, que antes eran ocasionales, hoy son un patrón sistemático de comportamiento que revela algo profundamente equivocado en nuestra relación con el espacio que compartimos y con las personas que nos rodean. Estos comportamientos son parte de lo que nos ha convertido en una sociedad agresiva.

Una ciudad sin civismo es una ciudad condenada al atraso económico y social, porque nadie invierte ni se queda donde prima la intolerancia y el vandalismo. La alarmante pérdida de cultura ciudadana en Bucaramanga dejó de ser un asunto menor de buenos modales para transformarse en un problema transversal que golpea la seguridad, la economía y la salud mental colectiva. Destruir el mobiliario urbano o arrojar basura en las esquinas, por citar ejemplos, reflejan una preocupante distorsión donde se confunde la libertad con el derecho a hacer lo que a cada quien le venga en gana. No podemos seguir así.

Según las autoridades, se registran 110 riñas diariamente entre vecinos, conductores y desconocidos que han perdido por completo la capacidad de resolver una diferencia sin gritos, sin golpes, sin odio; en estos grupos están también quienes deciden talar un árbol sin permiso, estacionarse sobre la acera bloqueando el paso del peatón, atravesarse sobre la cebra como si el que cruza no tuviera ningún derecho o transitar con una moto sobre un puente peatonal. Todas esas pequeñas agresiones nos van convirtiendo en una sociedad violenta y peligrosa.

El civismo, por el contrario, es la base de la convivencia; es lo que permite que miles de desconocidos puedan habitar un mismo territorio sin hostigarse, pero, cuando esa base se fractura, todo corre el peligro de derrumbarse: la seguridad, la economía, la salud mental colectiva, hasta el arraigo que hace a los ciudadanos responsables con su entorno. Este, que algunos desprecian por ignorancia, es, en realidad, un asunto transversal, pues de allí se deriva la manera como tramitamos nuestras diferencias, como impulsamos proyectos comunes, como nos respetamos o nos destruimos mutuamente.

Una ciudad sin civismo caminará siempre hacia el estancamiento, porque nadie invierte donde todo se roba, nadie se queda donde todo amenaza, nadie invierte donde prima la incertidumbre, donde cunde la intolerancia que confunde la libertad con el derecho a hacer lo que le venga en gana. Y en medio de esto está también el voto como acto cívico fundamental, en tanto es la forma más elevada de asumir la responsabilidad sobre el destino común.

Debemos volver a la senda del civismo, y esto no significa proponer un regreso ingenuo a un pasado idílico, sino la recuperación de prácticas concretas, como respetar lo público como si fuera propio, cuidar el mobiliario urbano como quien cuida la sala de su casa, devolverle a la ciudad el trato digno que merece el espacio físico y cada una de las personas.

La propuesta, entonces, es reencontrarnos con lo mejor de lo que hemos sido, con esa capacidad que alguna vez tuvimos los bumangueses para construir comunidad desde el respeto, para sentir orgullo por nuestras calles y nuestros parques, para entender que la solidaridad puede ser una de las más efectivas herramientas de convivencia y de supervivencia colectiva.

Es posible cambiar; lo hemos hecho muchas veces a lo largo de la historia y podemos hacerlo de nuevo, pero para ello se requiere que cada uno, desde su particular realidad cotidiana, decida dejar de ser parte del problema, por acción o por omisión, para convertirse en la solución más sencilla y, a la vez, fundamental: el ciudadano que simplemente no bota la basura en el suelo, no rompe lo que es de todos, no agrede al vecino, no se parquea donde obstruye, no es insensible frente a las necesidades o dolores ajenos. Así, Bucaramanga mejora y cada uno de nosotros también.

Publicado por: Editorial

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día