El respaldo a la buena intención de ganar seguridad en Bucaramanga, no puede generar más violencia ni sobrepasar los límites, la ciudad necesita ser reconstruida con cultura, civismo y humanismo.
Publicado por: Editorial
Con algo de simplismo, pero motivado precisamente por la curiosidad que ha causado en el país, algunos medios nacionales se refieren al nuevo alcalde de Bucaramanga como el pastor cristiano, admirador de Bukele que promueve la paloterapia, en un intento por definir en pocas palabras lo que más distingue al actual mandatario local, lo cual, por una parte es reduccionista e impreciso, por supuesto, pero apunta a las posiciones que el mismo Jaime Andrés Beltrán resaltó en su campaña proselitista, que se enfocaba prioritariamente sobre el agudo problema de seguridad que hereda de la administración Cárdenas.
Lo cierto es que desde el mismo discurso de posesión de su cargo, el alcalde Beltrán ha sostenido ese énfasis en la seguridad y ha expuesto una estrategia para fortalecerla, que también desde sus tiempos de candidato denominó ‘Operación Candado’ para, en sus propias palabras, “superar el miedo que nos paraliza y golpear las estructuras criminales en Bucaramanga”, una loable aspiración, pero que supone no solamente un permanente compromiso del mandatario durante cada día de los cuatro años de su período, sino la observación estricta de todas las normas legales y constitucionales que regulan las competencias de los alcaldes en todas las áreas.
No sólo es acertado, sino urgente para Bucaramanga que de parte de su gobernante se establezca una clara y eficaz política de seguridad de mediano y largo plazo, que saque a las autoridades de policía del simple y poco útil papel reactivo. Es claro que los ciudadanos están agobiados por el miedo y cansados de la inseguridad que se vive en cada calle y hasta, al interior de las mismas casas de los bumangueses, pero no sería ni mucho menos conveniente que en aras de alcanzar el gran objetivo, se estén gestando nuevas causas para una mayor violencia posterior.
Quedó claro el apoyo que tácita e implícitamente dio el hoy alcalde en sus afanes electorales a la popularmente llamada ‘paloterapia’, que en la realidad es un linchamiento, delito contemplado en el código penal colombiano, que puede ir desde tentativa de homicidio o, en caso de que el agedido muera, hasta una calificación de homicidio, con pena hasta de 33 años de cárcel. Estas son palabras mayores y lo que corresponde es que el mandatario local fije claramente su posición respecto de esta indeseable conducta social, porque el respaldo a la buena intención de ganar seguridad en Bucaramanga, no puede generar más violencia ni sobrepasar los límites, la ciudad necesita ser reconstruida con cultura, civismo y humanismo.











